El Capitalismo realmente existente

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REFLEXIONES SOBRE EL CAPITALISMO REALMENTE EXISTENTE

Rodolfo Herrera J.

RESUMEN
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Este ensayo tiene el propósito de analizar la situación del modo de producción capitalista actualmente dominante a
nivel mundial. Se tratan sus principales contradicciones, la primera y fundamental o la apropiación del sobre-trabajo
humano,  una  “contradicción hombre-hombre”;  la  segunda  contradicción  o  la  apropiación  del  ambiente  (naturaleza
no humana), crisis ecológica y de los recursos, una “contradicción hombre-naturaleza”; y la tercera o “contradicción
cultural-ideológica”,  crisis  filosófica  de  irracionalidad,  relativismo  y  escepticismo  reflejados  en  la  ideología
posmodernista. Se considera que el reconocimiento previo de que la ley del valor-trabajo, componente esencial de
las  relaciones  de  producción  del  capitalismo-realmente-existente, no es una ley “eterna” de la sociedad humana y
que puede ser superada, es el principio teórico para estimular el reto de la inevitabilidad de las relaciones de valor y
reafirmar  la capacidad humana, para que los trabajadores como seres que crean la realidad humano-social, puedan
proponerse transformar radicalmente las relaciones económico-sociales actuales.

Palabras Clave: capitalismo, modo de producción, contradicciones,  relación valor-trabajo, crisis de producción,
crisis ecológica, recursos, crisis ideológico-cultural.

SUMMARY

This paper has the purpose to analyze the situation of capitalist mode of production actually dominant at world-wide
level.  Their  main  contradictions  treat,  the  first  and  fundamental  or  appropriation  of  the  human  on-work,  one
“contradiction man-man”; the second contradiction or the appropriation of the atmosphere (nonhuman nature),
ecological  crisis  and  of  the  resources,  one  “contradiction  man-nature”;  and  third  or  “cultural-ideological
contradiction”, philosophical crisis of irrationality, relativism  and  skepticism,  reflected  in  the  postmodernist
ideology. It is considered that the previous recognition of which law of the labor-value, essential component of the
relations of production of the capitalism-real-existing one, is not an “eternal” law of the human society and that can
be surpassed, is the theoretical principle to stimulate the challenge of the inevitability of  the value relations and of
reaffirming the human capacity, so that the workers like beings that creates the human-social reality, can set out to
transform radically the socio-economical relations present them.

Key  words:  capitalism,  way  of  production,  contradictions,  relation  labour-value,  production  crisis,  ecological
crisis, resources, cultural-ideological crisis.

1. Introducción: algunos datos empíricos

En  1992  el  Programa  de  Desarrollo  de  las  Naciones  Unidas  definió  el  Indice  de  Desarrollo
Humano  o  HDI  (Human  Developmente  Index),  una  medida  cuantitativa  del  bienestar  humano,
basado  en  los  parámetros:  esperanza  de  vida,  alfabetismo  y  poder  de  compra.  Si  se  toman  los
datos  del  índice  HDI  se  nos  hace  evidente  que  los  discursos  corrientemente  hechos  sobre  la
capacidad del capitalismo para  generar bienestar  humano (es decir, desarrollo) son enteramente
vacíos.

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Este artículo aparece en las Memorias del “II Encuentro de Sociólogos”,  Escuela de Sociología de la Univ. de
Costa Rica. Noviembre de 1998.
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Las desigualdades del ingreso mundial son una evidencia empírica insoslayable de que: “el más
rico es más rico y el más pobre es más pobre”, afirmación que cualquier trabajador  sin  mucha
sapiencia universitaria sabe. Existe un “sistema mundial” dual. El desarrollo de las relaciones de
“mercado-libre” en este siglo, ha contribuido al aumento de la dramática brecha entre el PIB per-cápita entre los países más ricos y los más pobres de la economía mundial capitalista.

Con el HDI más alto están los países capitalistas principales  y con el más bajo están los países
capitalistas periféricos, igual que la India o Blangadesh. En 1987 “los países “transicionales”
(comunistas),  cuando  todavía eran nominalmente “socialistas”, tenían un buen HDI sobre el
promedio  del  mundo  capitalista.  El  HDI  promedio  para  el  mundo  capitalista  incluyendo  a  la
periferia es de 629, mientras el promedio para Europa Oriental y las sociedades transicionales del
Tercer  Mundo  era  764.  Interesantemente  los  países  transicionales  de  la  Europa  oriental  tenían
por ellos mismos un HDI de 916, solo un poco por debajo de los 970 promediado para el núcleo
capitalista [Smith M., 1994].

En el Tercer Mundo en 1990 cada año 14 millones de niños mueren antes de que alcancen los 5
años,  más  de  un  billón  de  personas  no  tienen  acceso  al  más  elemental  servicio  de  salud,  300
millones  de  niños  no  tiene  escuela,  casi  un  billón  de  adultos  son  analfabetos,  más  de  500
millones  de personas sufren hambre [Castro, p. 11, 1992].]. Hoy día alrededor de 1.3 billones de
personas    o  cerca  del  30  %  de  los  habitantes  del  Tercer  Mundo  no  tienen  acceso  a  tomar  agua
segura. A más de 2.2 billones les faltan los servicios sanitarios adecuados  [Castro, p. 18, 1992].

El  retorno  del  capitalismo  a  Europa  Oriental  y  Rusia  ha  producido  resultados  precisamente
opuestos a los anticipados por los fieles del “mercado libre” como había anticipado ya Moreau
[Moreau,  1991].  Análogamente  Arrigui  [Arrigui,  1991]  había  predicho  que  debido  al  carácter
oligárquico y concentrado del bienestar en el sistema capitalista mundial, el cambio en el sistema
socio-económico  y  la  reentrada  completa  en  el  sistema  capitalista  mundial  de  ésos  países,
produciría en la mayoría de los casos una caída del HDI.  Moreau pronosticó que los países de
Europa  Oriental  no  llegarían  al  nivel  de  Suiza  o  Suecia  sino  al  de  México,  en  ése  tiempo  país
capitalista  promedio  y  en  recientes  años  a  la  vanguardia  de  las  tendencias  del  Tercer  Mundo
hacia  la  liberalización  del  comercio  y  la  privatización.  La  actualidad  económica  de  México  es
aun peor hoy  y la de Rusia es lastimosa.

Es evidente que el llamado “bienestar del occidente” no puede generalizarse, pues está basado
sobre procesos relacionales de explotación  y de exclusión que presuponen la privación relativa,
continuamente  reproducida,  de  la  mayoría  de  la  población  mundial.  Actualmente  el  20  %  más
rico  consume  el  86  %  y  el  20  %  más  pobre  el  1.3  %,  del  total  de  la  riqueza  mundial.  La  tesis
sobre “la pobreza absoluta de la clase trabajadora” (anticipada por el joven Marx) puede
aplicarse  a    la  escala  mundial,  no  necesariamente  a  la  clase  trabajadora  de  los  países  del
capitalismo  avanzado  [Wallerstein  1983]  y  corrobora  la  tesis  del  carácter  oligárquico  y
concentrado del bienestar en el sistema mundial capitalista.

Es  también  conocido  que  los  efectos  positivos  de  dos  siglos  de  industrialización,  que  dieron
ingresos superiores y más consumo en el Oeste, está disminuyendo rápidamente o por lo menos
restringiéndose  a  muy  poca  gente.  Las  Naciones  Unidas,  el  Banco  Mundial  y  el  Banco  de  la
Reserva  General  y  otras  fuentes  oficiales  afirman  no  solo  de  la  tremenda  polarización  del
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bienestar  y  del  ingreso  entre  el  Norte  y  el  Sur,  esbozada  antes,  sino  también  notan  la  misma
polarización en el mundo industrializado del Occidente. Así el crecimiento de la producción no
garantiza estandares de vida elevados aun en los países Occidentales industrializados, es decir, la
miseria y el desarrollo desigual es propio de todo el modo de producción capitalista, no importa
el  sitio  geográfico  o  de  trabajo.  Además  en  todas  partes  la  calidad  ecológica  está  decayendo.
Hechos obvios y reconocidos teóricamente para cualquier estudioso de estos asuntos sociales.

También es evidencia empírica insoslayable la existencia objetiva de la crisis ecológica y de los
recursos no renovables, crisis generalizada a nivel mundial, sin excluir a los países del ex-bloque
soviético. O’Connor en su teoría de la “segunda  contradicción” del capitalismo afirma  que  el
desarrollo  capitalista  global  desde  la  II  Guerra  Mundial  (IIGM)  ha  sido  imposible  sin
deforestación, sin la polución del agua y del aire, de la atmósfera, del calentamiento global y de
otros  desastres  ecológicos;  sin  la  construcción  de  megaciudades,  sin  la  consideración  de  la
congestión,  del  sistema  de  transportes,  del  uso  racional  de  la  tierra,  la  vivienda  y  las  rentas;  y
finalmente  sin  el  descuido  de  la  salud  de  la  familia  y  la  comunidad,  sea  física,  emocional,
educativamente  y  de  otras  componentes  de  la  reproducción  socializada  de  la  fuerza  de  trabajo,
para no hablar del bienestar de las familias futuras [O’Connor J., 1990]. Por ejemplo, los países
miembros de OECD son responsables del 45 % de las emisiones de dióxido de carbono, del 40 %
de  las  emisiones  de  dióxido  de  sulfuro,  producen  el  60  %  de  los  desechos  industriales  en  el
mundo y generan el 90 % de los desechos peligrosos [Castro, p. 20, 92].

Los creyentes en  la economía del “mercado libre” del capitalismo han estado convencidos que
en  principio,  mediante  la  formulación  de  políticas  económicas  de  estado,  las  tendencias  a  la
crisis  padecidas  por  estas  economías  pueden  mitigarse  significativamente  y  eventualmente  ser
detenidas.  Pero  de  nuevo  la  historia  del  capitalismo-realmente-existente  muestra  otra  cosa.  A
pesar  de  la  confianza  expresada  por  tales  economistas  durante  las  décadas  del  50  y  60,  ése
mundo  capitalista  en  el  período  de  1974  a  1992  vivió  tres  de  las  más  fuertes
recesiones/depresiones  globales  de  este  siglo,  y  actualmente  la  economía  mundial  está  todavía
padeciendo  de  una  enfermedad  que  muestra  pocos  signos  de  detenerse.  Hoy  día  los  problemas
representan no solo a una crisis ostensible del  problema de suministros,  por el agotamiento de
los  recursos  naturales  y  la  degradación  de  los  servicios  ambientales  necesarios  para  soportar  la
producción  de  mercancías,  sino  que  también  se  da  una  crisis  sobre  la  legitimidad  del  llamado
“sistema de mercado”, pues se produce una resistencia social a la depredación ecológica y
cultural.

Así la aparición de la crisis ecológica como un problema urgente e inescapable, marca la frontera
temporal entre las consecuencias positivas de la industrialización y el creciente daño ecológico,
consecuencias  que  frecuentemente  se  han  subestimado  y  negado.  Sin  embargo  hoy  constituye
otra frontera que limita a los beneficios de la acumulación capitalista. No es necesario aquí dar
datos que existen y están al alcance de todos.

Todos los datos e información sobre el  capitalismo-realmente-existente son verdades conocidas
y  obvias,  cuyo  conocimiento  no  resuelve  ningún  problema,  y  solo  posibilita  grandes  discursos
burgueses sobre lo que hay que hacer. Los apologistas de capitalismo típicamente enfocan estos
problemas  como  el  resultado  de  aberraciones  o  desvíos  respecto a alguna “norma” capitalista
ideal, pero este norma capitalista ideal de los verdaderos creyentes en la “democracia liberal” y
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de la “libre empresa” tiene ya varios cientos de años de ser autoafirmada, y mientras tanto el
capitalismo-realmente-existente  sigue  produciendo  explotación  (humana  y  ambiental)  y
desigualdad  a  nivel  mundial.  Los  problemas  del  despojo  del  campo  y  del  envenenamiento  del
trabajo no son nada nuevo, y han sido cubiertos por el discurso usual con la proposición de que
tales  fenómenos  son lo que hay que pagar por un mayor “progreso” y “acumulación”, los que
traerán  nuevos  remedios  y  mejoras  del  confort  o  del  bienestar.  En  realidad  son  verdades
parciales, porque siempre olvidan los puntos fundamentales de la actual estructura social.

2. La primera contradicción del capitalismo.

¿La  ciencia  burguesa  tiene  explicación  para  estos  fenómenos  sociales?  Los  economistas  de
pensamiento  no-marxista  (sean  Keynesianos,  post-Keynesianos,  monetaristas,  o  las  variantes
institucionales)  no  han  podido  manifiestamente  explicar  y  menos  en  anticipar,  y  aun  menos  en
cambiar,  los  hechos  siguientes:  ¿por  qué  el  mundo  capitalista  es  tan  capaz  de  estimular  el
progreso en ciencia, tecnología  y productividad  y es tan incapaz de trasladar este progreso para
subir los estandares de vida de la gran mayoría de la población trabajadora?, ¿por qué las tasas
positivas de crecimiento de la productividad industrial, son acompañadas de una declinación de
las  tasas  promedio  de  beneficio  para  la  mayoría  de  los  países  capitalistas?,  ¿por  qué  el
capitalismo  como  sistema  mundial  ha  dejado  de  contribuir  con  el  desarrollo  de  las  fuerzas
productivas  de  la  humanidad,  casi  siempre  subutilizando  el  talento  y  la  energía  de  billones  de
personas  alrededor  del  mundo?,  ¿por  qué  el  sistema  capitalista  mundial  no  puede  desarrollarse
sin daño ecológico y contaminación global?

Las  responsabilidades  de  estas  situaciones  son  muy  precisas  y  tienen,  como  la  contaminación
global de las metrópolis, una raíz común: el modo de producción capitalista que daña a los dos
componentes  de  la  sociedad:  a  los  trabajadores  y  al  ambiente,  es  decir,  a  las  condiciones  de
producción mismas. Lo que se requiere es una discusión global de “esta” sociedad, que no separe
metafísicamente  el  análisis  económico  del  social,  como  lo  hacen  las  ciencias  burguesas
(economía y sociología). Para eliminar el carácter ambiguo que no reconoce los mecanismos que
han generado tales desigualdades, como parece en que han caído hoy hasta las “izquierdas” que
juegan a postmodernistas o que han sido barridas por la onda neoliberal, es necesario volver a la
teoría.

Para aquellos que conocen las tesis esenciales de la teoría de la sociedad y de la teoría del valor-trabajo de Marx (la plusvalía y el capital), las respuestas a estas preguntas son claras. El modo
de producción está constituído por un conjunto de relaciones de producción (prácticas sociales)
que  determinan  la  apropiación  del  excedente  y  la  apropiación  del  trabajo,  conduciendo  una
estructuración clasista entre los que trabajan en los procesos de transformación y los que dirigen
controlan  y  determinan,  tanto  ése  control  como  la  dirección  del  producto  social.  Tal  división
(clases  de  equivalencia  en  la  composición  humana  del  sistema  sociedad)  en  las  prácticas  de
tranformación  social  origina  la  primera  contradicción  del  capitalismo,  contradicción  esencial
entre  trabajadores  y  capitalistas  o  dueños  de  los  medios  de  producción  y  del  control  social,  es
decir, la lucha de clases (contradicción objetiva). Esto produce dos principios de la organización
social tendencialmente contradictorios: las relaciones de  explotación entre los que monopolizan
la  propiedad  de  los  medios  de  producción  y  quienes  deben  vender  su  fuerza  de  trabajo  por
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salarios  para  asegurar  su  subsistencia;  y  las  relaciones  cooperativas  existentes  entre  los
productores  en  una  división  global  del  trabajo,  que  tiende  a  ser  más  elaborada,  detallada  e
interdependiente.  Es  decir,  la  apropiación  privada  y  el  trabajo  social,  conocidos  por  cualquier
marxista. Además entre los capitalistas se dan otros dos principios organizativos: las relaciones
igualitarias existentes entre los sujetos económicos (productores, trabajo, mercancía) dentro del
mercado capitalista; las relaciones competitivas existentes entre todos los sujetos económicos en
el mercado, pero más importantemente entre los propietarios del capital.

El análisis de estas propiedades del referente  sociedad-modo de producción capitalista muestra
que las causas de las anomalías e irracionalidades de la realidad capitalista, han de ser explicadas
fundamentalmente por el hecho de que esta realidad está constituida por esos cuatro principos de
organización social tendencialmente contradictorios, sin embargo, interpenetrados y distinguibles
por las relaciones de producción  y reproducción.  Esta estructura descrita  en su funcionamiento
económico  por  la  teoría  del  valor-trabajo  es  el  núcleo  de  la  denuncia  de  Marx  contra  el
capitalismo  y  de  la  explicación  de  las  condiciones  referenciales  del  movimiento  social.  Esta
estructura  y  su  superestructura  legal  (jurídica  y  política)  son  invisibles  o  inobservables.  En  el
fondo  es  una  consideración  de  lo  que  puede  describirse  como  el  Leviatán  Invisible  [Smith  M.,
1994]: una estructura de relaciones económico-sociales, las relaciones de producción capitalistas,
que  ha  usurpado  el  control  real  de  la  conciencia  humana  sobre  los  procesos  de  la  vida  socio-económica e impuesto un conjunto de leyes potentes e invisibles.

La  característica  distintiva  de  la  crítica  de  Marx  a  la  economía  política  clásica    y  del  marco
teórico  nuevo  en  el  análisis  de  la  sociedad,  es  que  en  el  modo  de  producción  capitalista
(relaciones  capitalistas  de  producción  y  reproducción)  las  cosas  apropiadas  (valores  de  uso)
pasan a ser valoradas según el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas. Se llega
a valorar doblemente lo apropiado: por su valor de uso y simultáneamente por su valor-trabajo o
valor.  Cuando  lo  apropiado  adquiere  esta  bidimensionalidad  se  denomina  mercancía.  Con  la
existencia  de  la  mercanía  la  racionalidad  implícita  en  el  trabajo  tiene  un  doble  carácter,  la
preocupación por apropiarse de determinada cosa (trabajo útil) y la preocupación por hacer esta
cosa  en  un  lapso  de  tiempo  (trabajo  abstracto:  que  surge  cuando  los  diferentes  trabajos  son
equiparados).  La  práctica  social  (el  trabajo  en  general)  adquiere,  como  lo  apropiado,  una
bidimensionalidad  que  solo  se  da  en  el  capitalismo.  Para  el  capital  el  valor  de  uso  de  una
mercancía es esencialmente el precio y no su valor de uso social para los consumidores; lo único
que interesa no es el artefacto o producto concreto, sino su capacidad de producir excedente del
valor de éste respecto al valor del capital consumido.

La ley  fundamental, la ley del valor  capitalista,  obliga  a la humanidad a  aplicar una única vara
para la medida del bienestar, la regla de medir del “valor”, del abstracto y socialmente necesario
tiempo  de  trabajo.  Todo  lo  apropiado  es  mercancía:  valor  de  uso  y  valor  trabajo  (incluso  la
fuerza de trabajo, es decir,  todas las prácticas sociales). Por otra parte la medición del bienestar
social  en estos términos no es “conciente”, pues se realiza por medio de los mecanismos
impersonales  del  mercado,  que  determinan  la  trayectoria  de  desarrollo  de  la  economía  y  la
división del trabajo como un todo.

Surge entonces la pregunta: ¿por qué el “bienestar social” todavía debe medirse en términos del
tiempo  de  trabajo  en una era cuando el “trabajo vivo” es cada vez menos significativo que el
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input  tecnológico  a  la  producción  material?  La  respuesta  simple  es  la  siguiente:  porque  la
producción material bajo el capitalismo está subordinada a la producción de plusvalía, es decir, a
la  apropiación  del  sobretrabajo  por  los  que  monopolizan  la  propiedad  de  los  medios  de
producción.

La teoría del valor-trabajo establece que la única fuente de “valor” en el sistema capitalista es el
trabajo vivo humano y que la única fuente de plusvalía (la substancia social del beneficio) es el
“sobretrabajo” realizado por los trabajadores, en exceso del trabajo necesario requerido para
producir  el  valor  representado  por  sus  salarios.  El  valor  existe  como  una  magnitud  cuantitativa
en  el  nivel  de  la  división  del  trabajo  como  un  todo  (la  cual  actúa  como  un  determinante
paramétrico sobre los beneficios, ingresos y los precios necesarios para que el capitalista busque
márgenes  de  beneficio  razonables).  La  gran  mayoría  de  la  población  cuyas  vidas  dependen  del
salario  por  su  fuerza  de  trabajo,  estas  proposiciones  no  requerirían  de  prueba  alguna.  Sin
embargo  la  dominancia    ideológica  del  capital  hace  que  se  represente  a  sí  mismo  como  una
fuente “independiente” de “valor”, confundiendo las categorías de valor, moneda y bienestar.

Al establecer teóricamente que la categoría económica de “valor” está acotada por la existencia
de  relaciones  sociales de producción/reproducción [Marx], características de una “economía de
mercancías”, en particular del capitalismo, se muestra que valor y bienestar de ninguna manera
son  sinónimos.  En  verdad  está  implícito  en  la  teoría  del  valor-trabajo  y  el  capital,    la  tesis  de
que  todas  las  mediciones  de  bienestar  en  términos  de  valor  (tiempo  de  trabajo  socialmente
igualado) estimulan primero y eventualmente impiden la producción de bienestar.

3. La segunda contradicción del capitalismo

Las  prácticas  sociales  o  trabajo  se dan en dos planos: como trabajo del “hombre sobre el
hombre” y como trabajo del “hombre sobre el ambiente”, es decir, sobre ambas “naturalezas”, la
humana  y  la  no-humana.  En  el  modo  de  producción  capitalista  estas  prácticas  generan  además
de  la  contradicción  fundamental  (apropiación  del  sobretrabajo  humano,  contradicción  hombre-hombre),  otra  contradicción  básica  interrelacionada,    producto  de  la  apropiación  del  ambiente
(naturaleza no humana), pues entre más explote el capital al trabajo, más explota a la naturaleza
y viceversa [O’Connor J.]. Tal es la segunda contradicción (contradicción hombre-naturaleza).

En efecto, en la etapa actual del capitalismo la capacidad de los ecosistemas bajo la presión de la
creciente  explotación  está  en  crisis,  de  tal  manera  que  la  polución  del  ambiente  se  ha  hecho
insostenible,  no  solo  para  la  naturaleza  sino  también  para  la  gente  (quienes  son  parte  de  la
naturaleza)  y se da una crisis de recursos y energía a nivel global. En esta forma la explotación
de  la  sociedad  por  el  capital  pasa  ahora,  no  solo  a  través  del  trabajo  humano,  sino  también  a
través  del  daño  al  ecosistema  haciendo  evidente  el  principio  de  la  segunda  contradicción  del
modo de producción. En tal economía no solo los trabajadores son explotados, sino que también
los recursos son destruídos.

Durante  mucho  tiempo  el  crecimiento  de  la  producción  y  de  la  acumulación,  que  produjo  una
notable  mejora  en  las  condiciones  de  vida  en  ciertas  regiones  en  base  a  la  explotación  de  los
recursos, no significaba un daño al ecosistema. Por ello es que tanto los recursos naturales como
las acciones sobre los sistemas ecológicos han sido tratados hasta ahora como bienes “libres”.
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Profundamente  enraizado  en  la  cultura  y  el  sentido  común  estaba  la  creencia  en  el  derecho
humano al uso indiscriminado y libre de la naturaleza por un lado y por otro de la generosidad y
la  resistencia  inagotable  de  aquélla,  la  que  relativamente  no  sufría  por  la  actividad  industrial.
Dado  el  incremento  de  la  producción  y  conforme  su  composición  ha  cambiado  (por  ej.:  uso
masivo  de  materiales  sintéticos,  muy  tóxicos  y  no  degradables,  un  incremento  de  los  desechos
tóxicos  y una capacidad para transformar lo natural mediante acciones tecnológicas) tales ideas
ya no son válidas.

Hoy  día  se  hace  evidente  el  continuo  ataque  sobre  el  balance  de  los  ecosistemas,  porque
producción  significa  polución  del  ambiente  natural  y  consumo  de  los  recursos  no  renovables.
Polución  y consumo de  energía  y materias primas pueden  controlarse  y restringirse, pero no se
pueden  evitar  completamente.    El  crecimiento  continuo  de  la  producción  significa  crecimiento
continuo de la alteración ecológica, aun si se usan las más refinadas reglas y procesos en defensa
de la ecología.

Es  por  tanto  necesario  incorporar  en  el  análisis  teórico  y  en  la  práctica  del  capitalismo  el
parámetro ecológico como una dimensión material de la producción de capital [O’Connor J.], es
decir,  considerar  los  problemas  engendrados  por  la  segunda  contradicción  y  la  necesaria
atención  sobre  las  condiciones  de  producción  naturales  que  obligan  a  tomar  en  cuenta  las
consideraciones ecológicas como esenciales  para la producción capitalista.

La  segunda  contradicción  está  basada  en  el  argumento  de  que  la  producción  de  valor  es
contingente con el acceso a los recursos naturales y los sistemas ecológicos. La crisis ecológica
se  presenta  al  capital  como  una  crisis  material  o  económica,  una  crisis  de  rentabilidad  que
contrasta con la tradicional crisis de sobreproducción, dado que éste debe dedicar algunos de sus
recursos  para  eliminar  las  obstrucciones  a  la  acumulación  producida  por  la  degradación
ambiental. Se crea entonces la necesidad de redirigir tales procesos para mantener su existencia
productiva.

La relación  entre la  alteración ambiental  y la tasa de  crecimiento del  capital consiste en que el
problema ambiental es la consecuencia directa e inevitable del sistema económico capitalista, en
el que la producción y la acumulación del capital -principio básico de la economía capitalista- se
revelan  como  las  principales  causas  de  la  crisis  ecológica.  La  tendencia  de  la  producción
capitalista  es  la  de  consumir  las  condiciones  de  producción  (sean  naturales  como  la  tierra  o  el
trabajo  humano)  que  permiten  que  el  beneficio  sea  mantenido.  Explícitamente  la  tasa  de
destrucción  y  polución  de  la  naturaleza  es  dependiente  de  la  tasa  de  acumulación  y  la  tasa  del
beneficio  [O’Connor  J.,  90]  del  capital.  La  componente  humano/ecológica  aparece  en
contradicción con las estructuras tecnológicas e institucionales de la economía [Herrera 1997].

Esencialmente  el  modo  de  producción  capitalista  sufre  dos  contradicciones  fundamentales  que
trasladas  en  el  nivel  económico,  constituyen  la  doble  crisis  que  golpea  al  capital  hoy  día
[O’Connor J.]: crisis  de  demanda,  como  resultado  de  la  explotación del trabajo o la “primera
contradicción” y crisis  del  costo  colateral,  resultado  de  la  explotación  de  las  condiciones  de
producción (incluyendo el ambiente natural y el trabajo humano) o la “segunda contradicción”.
Para  el  modo  de  producción  capitalista,  la  explotación  de  la  naturaleza  y  la  explotación  del
trabajo,  son  ambos  necesarios  para  subir  la  acumulación  y  la  tasa  de  beneficio.  La  crítica  del
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capital es doble, pues trata del problema ecológico y del problema social. Los dos problemas, el
ambiental y el social, se pueden poner en el mismo plano o confrontados como la misma clase de
problema.  Ambos  tienen  la  misma  raiz.  Ambos  pueden  resolverse  solo  si  somos  capaces  de
sobreponer al capital.

4. La respuesta del capital: la naturaleza capitalizada

El capital responde a los problemas del daño ecológico ambiental y de recursos, de tal forma que
requiere que el proceso de producción cambie ciertas de sus estructuras, para que se pueda dar un
aumento  en  el  tiempo  de  trabajo  socialmente  necesario  requerido  para  producir  una  cantidad
dada  de  valor.  Es  decir,  la  crisis  al  nivel  ecológico  se  da  como  un  proceso  en  el  que  el  capital
intenta  reestructurar  y  racionalizar  las  condiciones  de  producción  para  restablecer  su  capacidad
para  explotar  la  naturaleza  y  el  trabajo,  bajando  los  costos.  Responde  a  la  crisis  ambiental
tratando  de  extender  su  hegemonía  sobre  los  recursos  de  materias  primas  y  de  la  fuerza  de
trabajo  para  la  producción  de  mercancías.  Se  le  da  a  los  mecanismos  del  mercado  un  papel
central en la “solución de los problemas ambientales”.

En este proceso se da  la  desposesión y el traslado de los costos a las comunidades (impuestos)
y a las generaciones futuras. Surge un proceso de “capitalización de la naturaleza”, es decir, la
representación  del  ambiente  del  sistema  social  (sociedad)  o  medio  biofísico  (milieu  natural)
como “reserva de capital” y la codificación de estas reservas como propiedad comerciable en el
mercado (por ej., la patentización de la biodiversidad y del material genético, etc.).

A través del proceso de capitalización de la naturaleza, el modus operandi del capital (el modo
de producción) sufre una mutación práctica y conceptual. El ambiente o entorno (lo que no es la
composición humana del sistema social), que formalmente era tratado como un dominio externo
y  explotable,  es  ahora  redefinido  como  una  reserva  de  capital.  Correspondientemente  la
dinámica  del  capital  cambia  de  forma,  desde  la  acumulación  y  el  crecimiento  en  base  a  un
dominio  externo,  a  la  ostensible  autoadministración  y  conservación  del  sistema  de  naturaleza
capitalizada cerrado sobre sí mismo.

El  proceso  de  capitalización  formalmente  incluye  un  nuevo  conjunto  de  elementos  dentro  del
dominio  de  la  mercancía.  Como  los  procesos  de  producción  son  necesariamente  espaciales,  la
presión  expansionista  inherente  a  la  lógica  económica  de  la  sobreproducción,  tiene  una
dimensión  territorial,  se  da  como  dominio  sobre  el  ambiente  (todo  lo  que  no  es  humano  en  el
sistema social). La producción de excedente es producción del espacio (exploración, desarrollo,
penetración  y  explotación),  conquistado  primero  extensivamente  y  luego  capitalizado
intensivamente. Pero esta penetración, invasión, saqueo y despojo, es el preludio a una conquista
semiótica  del  territorio,  un  doble  juego  alrededor  de  la  distinción  capital/naturaleza.  El  capital
se  proclama  ideológicamente  como  racional  y  adecuado,  la  apropiación  de  la  naturaleza  como
“libre”, como un input  material  y  de  servicios  deseado.  Pero  luego  si  la  apropiación  bruta  es
rechazada por los grupos interesados, se utiliza la estratagema de la capitalización para asegurar
y legitimar el acceso al más bajo costo posible. En este movimiento como J. O’Connor señala, el
capital abstracto efectúa la producción ideológica de la “naturaleza capitalista”, denotando con
este término a “toda cosa que no sea producida como mercancía pero que es tratada como tal”
[O’Connor, J., pp. 7, 23, 1988]. En la aplicación al ambiente físico usualmente se crean derechos
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de propiedad mercadeables (por ej. sobre bosques, peces, fuentes de agua) y también derechos de
emisión  de  desechos.  Por  este  movimiento  ideológico,  el  dominio  exterior  de  la  naturaleza  es
redefinido  como  un  elemento  de  capital  valorizable,  presente  dentro  del  sistema  productivo
mundial y que en sí mismo debe ser racionalmente administrado como una empresa productiva.

A  través  de  este  proceso  de  internalización  de  las  condiciones  de  producción,  vemos  la
emergencia de un sistema de capital ampliado, que difiere en algunas maneras fundamentales del
sistema capitalista del siglo 19 y parte del siglo 20. La hipótesis de tal mutación no es nueva. La
esencia  conceptual  consiste  en  que  a  través  de  este  proceso  de  capitalización  de  todos  los
dominios  del  sistema  social:  materias  primas  y  fuerza  de  trabajo  (es  decir,  el  ambiente  y  la
composición o los componentes humanos de la sociedad, por tanto la ideología y la cultura), por
medio de la internalización vía extensión del sistema de precios “capaz de dar cuenta de toda
cosa y dirigir todos los procesos”, el capital sufre un cambio cualitativo en su forma. Ya no solo
representa  la  relación  social  que  produce  la  explotación  mejor  y  más  intensivamente  de  la
naturaleza  y  de  los  trabajadores  (externos  al  capital  mismo).  En  esta  etapa  histórica,  que
podemos  llamar  la  fase  ecológica  del  capital,  la  imagen  relevante  ya  no  es  la  de  los  hombres
actuando sobre la naturaleza para producir “valor” que luego es apropiado por la clase capitalista
[O’Connor M]. Más bien es una naturaleza  codificada  (la  naturaleza  no  humana  y  humana)
como “capital  encarnado” regenerándose a sí mismo en el tiempo por medio de sistemas de
inversión  alrededor  del  globo,  todos  integrados  en  “un  cálculo  racional  de  producción  e
intercambio” a través del milagro de un sistema de precios que se extiende a través del espacio y
del  tiempo.  Tal  es  el  movimiento  de  la  autoconservación  o  reproducción  de  la  estructura  de  la
sociedad existente, de las relaciones de producción capitalistas. Esta naturaleza es concebida a
la  imagen  del  capital  y  ésta  representación  es la base de la “administración racional” de la
naturaleza/capital que crecientemente es instituida violentamente  en el dominio político. Es un
asunto de representación: de la forma en la cual se da la lucha por el poder, es lo que se podría
llamar la ecología capitalista (el desarrollo sostenible, etc.). Tal es la nueva forma que asume lo
apropiado (el excedente) bajo la finalidad impuesta por la clase dominante, y que va a determinar
también la especificidad de la ideología.

Si se observa, el proclamado  objetivo de salvar al planeta de la conferencia de Río de 1992 es
consistente  con  los  propósitos  del  capital,  después  de  todo  si  el  capital  es  naturaleza  y
naturaleza es capital los términos virtualmente vienen a ser intercambiables: uno en relación con
la  reproducción  del  capital,  lo  cual  es  sinónimo  con  salvar  la  naturaleza.  Ideológicamente  se
afirmará  que  el  planeta  tierra  como  un  todo  es  nuestro  capital,  el  cual  debe  administrarse  con
sostenibilidad.  La  afirmación  usual  de  que  la  responsabilidad es de “todos”, es un abuso!
[Herrera 1997].

Tristemente  esta  armonización  retórica  no  garantiza  del  todo  la  conservación  de  las
potencialidades productivas o reproductivas de una sociedad o de un ecosistema; ni lo asegura el
sostén  de  los  intereses  particulares,  comunidades  o  ecologías,  así  valorizadas.  En  la  práctica  el
principal  efecto  de  toda  la  identificación  del  riesgo  (reservas  y  capitales),  es  la  adaptación
ideológica  de  esta  naturaleza  (y  de  la  naturaleza  humana)  a  las  normas  para  el  incremento  y
reproducción del propio capital.

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Cuando  se  pregunta  ante  la  expansión  capitalista:  ¿qué  es  lo  que  se  está  expandiendo  y
creciendo, qué es lo que está siendo sustentado o haciendo sostenible?, debe recordarse la noción
central  propia  del  marxismo  tradicional,  la  cual  consiste  en  que  la  finalidad  del  capital  es
esencialmente  su  propia  sobrevivencia  y  expansión,  de  la  reproducción  como  un  sistema  de
control social, reproducción de la estructura y de las condiciones de producción. Es siempre el
sistema  capitalista  el  que  ha  de  ser  reproducido  y  sustentado,  no  ningún  capital  individual.
Podemos  retomar  esta  aplicación  al  capital  ecologizado,  pero  con  un  cambio  de  significado
radical.  En  el  sistema  maduro  de  naturaleza  capitalizada,  toda  materia  prima,  todo  input  a  la
producción  desde  una  fuente  terrestre  o  extraterrestre,  es  formalmente  reconocida  como  siendo
un elemento del capital o del servicio derivado por un capital. Como tal  tiene un propietario y su
uso  significa  una  localización  del  capital  o  de  los  servicios,  los  que  pueden  derivarse  de  un
capital particular, por el cual el dueño podría ser pagado. Todo output útil tiene un potencial para
satisfacer las necesidades del sistema, lo cual significa que de una manera u otra está al servicio
de la reproducción de otro capital. Es inmaterial como sea este “uso”, sea que esté representado
como un consumo o como una producción: en cualquier caso es una  inversión al servicio de la
reproducción del sistema del capital.

Así la línea de fondo en el capital ecologizado como un todo no es la acumulación como tal. Lo
que es importante para el modo de producción, del sistema de naturaleza capitalizada como un
todo, no son los capitalistas individuales sino su sustentación  en el tiempo, la conservación del
sistema  mismo  como  una  forma  social  abstracta.  Tal  es  el  movimiento  mismo  de  la  estructura,
pues lo que es reproducido es la estructura, es decir, el capital en su forma de relación social y
no como vulgarmente se da (moneda, beneficio y sistema económico). Reproducción siempre se
ha  interpretado  como  reproducción  ampliada  del  modo  de  producción  y  por  tanto  determinada
por  éste.  Se  podría  concebir  el  modo  de  producción  (el  estado  de  la  estructura)  como  una
modalidad  del  modo  de  reproducción  (la  ley  del  cambio  de  la  estructura),  así  fuerzas
productivas y relaciones de producción, la esfera de la productividad material e ideal, serían una
de las formas históricas del proceso de reproducción.

5. La contradicción cultural

Las prácticas sociales (el movimiento o actividad de la cosa-sistema-sociedad) no se dan aisladas
del pensamiento, no hay acción sin pensamiento, no se conoce lo que es sin transformarlo. Los
procesos  productivos  determinados  por  las  prácticas  no  se  dan  sin  una  racionalidad,  un
pensamiento  mediato  desarrollado  históricamente  por  toda  la  humanidad.  La  relación  entre  lo
ideal/conceptual  y  lo  material/concreto  en  una  ontología  materialista  no  es  dualista  (no  separa
pensamiento/acción,  etc.).  Para  tal  ciencia  (la  ciencia  objetiva  y  racional)  los  sistemas
conceptuales  son  el  reflejo  subjetivo  de  la  realidad  objetiva,  que  existen  solo  como  ficciones
(eventualmente  fijados  materialmente)  concretadas  conceptualmente  mientras  hayan  cerebros
que las piensen.

El valor-trabajo surge en forma objetiva  y subjetiva (en la conciencia). El valor es una relación
de  producción  y  como  tal  tiene  un  papel  decisivo  en  la  mediación  dialéctica  entre  lo
material/concreto y lo ideal/conceptual. Un análisis científico de este problema solo se puede dar
fundamentado  en  una  ontología  opuesta  resueltamente  al  idealismo  y  al  dualismo  que
caracterizan a la teoría social burguesa. Solo con un programa no dualista se pueden revelar las
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conexiones internas entre las relaciones de producción y las formas específicas de la conciencia y
las formas en que se genera la dialéctica de las fuerzas y de las relaciones de producción, que son
el corazón de la visión humana del desarrollo social de Marx.

Las  relaciones  de  valor,  incluyendo  las  más  rudimentarias  que  emergieron  primero  con  el
surgimiento de las formas simples de producción de mercancías (precapitalistas), determinan la
conciencia y el pensamiento humano. En el capitalismo el pensamiento kantiano o neokantiano y
sus categorías corresponde con los elementos formales de la “abstracción intercambio” y el
enfoque  dualista  del  mundo  es  una  de  sus  expresiones  [Sohn-Rethel,  78].  Estas  relaciones  de
valor (relaciones de producción del modo de producción capitalista) vía la abstracción real del
intercambio,  son  un  factor  impulsador  de  la  dialéctica  fuerzas/relaciones  (al  estimular  el
desarrollo  científico  y  tecnológico  y  entonces  la  productividad)  y  determinan  los  modos
ideológicos  de  pensamiento  que  caracterizan  el  enfoque  dualístico,  el  cual  borra  el  papel
necesario e históricamente específico de las relaciones de producción, en la interrelación entre lo
material/natural  y lo ideal/cultural, como elementos de una realidad unificada, con identidad no
bifurcada.

Las  tendencias  ideológicas  como  el  postmodernismo  y  postestructuralismo  escamotean  la
consideración de las propiedades y relaciones objetivas de la sociedad realmente existente, dando
un  privilegio  ontológico  a  ciertas  propiedades  de  los  referentes  sociales  como  el  lenguaje,  la
comunicación, o el poder/dominación [Herrera, 1998]. Ello es una tendencia ideológica burguesa
que  evita  ir  a  la  raíz  del  sistema  social:  a  su  estructura.  Tales  propiedades  se  pueden  explicar
científicamente, es decir, racional y objetivamente, en conexión con un análisis de las relaciones
de  producción  y  determinadas  formas  socio-históricas  del  trabajo  humano,  de  las  prácticas
sociales.  Sin  esta  consideración  tales  corrientes  solo  sirven  para  desviar  la  atención  científica
sobre el verdadero problema y en especial oscurecer la devastadora crítica hecha a la relaciones
sociales del capitalismo y los resultados teóricos y programáticos hechas por Marx.

Esto  es  esencial  para  entender  las  implicaciones  de  las  corrientes  del  postmodernismo  y
postestructuralismo, que se basan en una supuesta indeterminación de las relaciones  entre “lo
material” (por ej. la producción) y “lo cultural” (por ej. el sistema de signos), y problematizando
además la noción de realidad objetiva mientras luchan por “descentrar el sujeto”. Buscan
problematizar  las  bases  epistemológicas  de  toda  ciencia  posible  y  nunca  tratarán  en  el  nivel
económico los resultados empíricos de la ley de la “baja tendencial del beneficio” y menos aun
las propiedades objetivas de las relaciones de producción, tratando de relativizar sus resultados e
ignorando a toda posibilidad programática de cambio o de lucha o resistencia al capital.

En el capitalismo-realmente-existente actual se produce un cambio en el tipo de artefacto que se
produce, pues se da una preeminencia en la “producción de imágenes” sobre la “producción de
artefactos  materiales”, los que constituyen lo que Baudrillard llama una hiperrealidad.  Así  la
superestructura  ideológica  se  hace  hiperreal, toma otras características “virtuales”. Como la
crisis  de  sobreproducción  actual  hace  peligrar  constantemente  a  la  absorción  de  las  mercancías
por  el  mercado  (crisis  de  demanda),  el  capital  se  esfuerza  en  crear  una  demanda  para  sus
productos.  Cuando  los  productos  son  signos  culturales  (sistemas  conceptuales  o  artefactos
conceptuales fijados materialmente mediante imágenes o elementos sensuales: visuales, etc.), la
demanda  no  estará  limitada  al  uso  funcional  que  ellos  puedan  tener.  En  este  sentido  se  hace
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evidente  la  afirmación  no  dualista,  de  que  no  hay  ninguna  esfera  de  producción  separada  de  la
cultura  o  de  la  ideología,  como  también  de  que  el  conocimiento  de  las  necesidades  es  social  y
culturalmente  definido.  Y  también  las  nuevas  formas  ideológicas  que  asume  el  dominio  del
capital.

La  producción  y  la  cultura  se  dan  juntos  (no  hay  acción  sin  pensamiento),  pero  no
necesariamente ello implica que estén fusionados. Pueden estar unidos en la diferencia. Si es así
es legítimo analizar la producción separadamente de la  cultura. Siempre que se  comprenda que
debe darse una mediación entre las dos esferas, si se quiere un nivel de concreción adecuado. A
nivel  del  sistema  social  en  su  integridad,  estas  esferas  constituyen  subsistemas  culturales  y
económicos.  Los  procesos  que  representan  a  las  prácticas  sociales  de  la  producción  material
(económica)  y  la  producción  ideológico-cultural  son  distinguibles  en  su  unidad,  aunque  no  se
dan el uno sin el otro. Por ello es que algunas cosas pueden comprenderse solo si la producción
es considerada en abstracción de su conexión con la cultura. La hiperrealidad sobre la que habla
Baudrillard  [Baudrillard,  1975],  es  en  sí  misma  producida,  es  un  producto  de  las  prácticas
sociales. Aun si fuera el caso de que en la presente etapa del capital, la producción de imágenes
es más crucial que la producción de productos materiales, no se puede extrapolar a partir de ello,
como  hacen  algunos  postmodernistas  como  Baudrillard,  la  conclusión  de  que  el  asunto  de  la
propiedad y el control de los medios de producción, no tiene un significado crucial.

En la propiedad de los medios de producción de la información hay una tremenda concentración
de  capital  y  la  consideración  de  este  poder  del  capital  en  el  dominio  de  los  medios  de
comunicación,  no  se  puede  evitar  si  se  quiere  entender  la  dinámica  de  nuestro  mundo
postmoderno  con  su  alta  dosis  de  hiperrealidad.  Los  que  como  Baudrillard  desean  superar  a
Marx no podrán avanzar mucho sin  considerar el fenómeno de la propiedad  y  el control de los
medios de producción. El marxismo súbitamente no ha sido eliminado por la emergencia de los
medios  de  electrónicos  de  comunicación.  La  edad  de  la  hiperrealidad  confirma  la  afirmación
esencial de Marx  de que la propiedad y el control de los medios de producción es inherente a la
lógica del capital y que esto genera fuerzas sociales alienadas sobre los miembros de la sociedad.

Para  la  ciencia  (natural  o  social)  el  discurso,  sus  sistemas  conceptuales,  están  fundados  en
referentes objetivamente existentes. Así las proposiciones científicas (teorías) apuntan hacia tales
referentes (no necesariamente empíricos). Pero los pensadores postmodernos rechazan la noción
de  que  exista  algún  referente  para  los  signos  que  usamos  como  fundamento  de  nuestras
afirmaciones  (el  referente  trascendental  es  una  hipótesis  del  idealismo  objetivo  o  del
materialismo vulgar). Baudrillard escribe acerca de la “liquidación  de todos los referentes”
[Baudrillard,  1975]  y  como  por  ejemplo,  afirma  que  las  “necesidades”  no  son  dadas
naturalmente, entonces no pueden ser parte del discurso marxista.

La teoría de las necesidades es un punto crucial de la crítica marxista al capitalismo, para la cual
las “necesidades no satisfechas” son un referente naturalmente existente y en términos del cual se
pueden medir objetivamente las fallas. Pero las “necesidades” no solo son un asunto de códigos,
sistemas,  significadores  que  no  tienen  referente,  como  afirma  el  cripto-existencialismo  de
Baudrillard.  Su  enfoque  de  que  las  necesidades  humanas  no  tienen  ninguna  base  natural  o
biológica  es  unilateral  y  por  tanto  falsa,  análoga  a  la    posición  sociobiológica  que  ignora  las
componentes histórico-culturales de nuestra naturaleza humano-social. Los signos distorsionan y
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enmascaran  a  la  realidad  subyacente,  no  ocultan  que  no  hay  nada,  como  afirma  Baudrillard
[Baudrillard, 1975] cuando dice que el punto de giro decisivo es “la transición desde los signos
que disimulan algo, a los signos que disimulan que no hay nada”. La edad del simulacro es otra
etapa dentro de la edad de la ideología y no una nueva época en la que el concepto marxista de
ideología viene a ser irrelevante.

La  negación  de  que  podamos  decir  algo  verdadero  de  la  naturaleza  de  nuestras  necesidades,  es
justamente un caso específico del rechazo general del referente, un rechazo de nuestra capacidad
para formular enunciados verdaderos considerando lo significado en el lenguaje. Si la categoría
de “verdad” solo puede validarse si los estados de hechos corresponden con la intención de los
actores  sociales,  es  una  vieja  posición  idealista  (subjetivista  y  pragmantista).  Es  decir,  nada
nuevo.  En  el  fondo  hay  un  ataque  a  la  noción  de  verdad  objetiva,  peligrosa  de  todas  maneras
para el poder del capital.  Rechazar la teoría de Marx con tales bases hay que pensarlo dos veces.

Todo  esto  demuestra  las  contradicciones  existentes  al  nivel  cultural  producidas  por  la
dominancia  de  la  ley  del  valor,  reflejadas  en  filosofías  incapaces  de  dar  cuenta  de  ninguna
realidad menos de la hiperrealidad supuesta del capital de nuestra época. Se puede decir que de
igual manera que el modo de producción capitaliza a la naturaleza humana (a la composición del
sistema-sociedad) al comprar la fuerza de trabajo de los trabajadores y la convierte en mercancía
mercadeable,  capitaliza  la  naturaleza  no  humana  (el  ambiente  del  sistema-sociedad),  el  capital
también capitaliza lo ideológico (la superestructura ideológica del sistema-sociedad). Tal es otra
contradicción  del  capitalismo  realmente  existente,  lo  ideal  es  una  mercancía,  contrapuesta  a  lo
material,  aunque  sea  hiperreal.  La  fetichización  de  las  cosas  (sean  estas  hiperreales  o  no)  y  del
propio hombre, es determinada en última instancia por la unidimensionalidad de la mercancía, es
la  ideología  real  del  capitalismo.  Esta  ideología  fetiche  conduce  a  los  hombres  a  adoptar  una
racionalidad que no es la correcta para sus verdaderos intereses, una racionalidad de otros y que
solo sirve para clase dominante que así facilita su statu quo en forma permanente.

6. La ley del valor-trabajo no es eterna

El  problema  que  la  humanidad  confronta  estos  días  no  tiene  comparación  en  el  pasado,  tal
proceso  actual  del  capitalismo  tardío,  su  imposibilidad  de  un  ultraimperialismo  (dominio  y
control de todas las fuerzas de trabajo, de todos los ambientes, de todas las ideas a nivel mundial)
choca  con  imposibilidades  reales.  El  problema  a  corto  plazo  no  tiene  solución.    Sin  embargo
siempre se pueden hacer las preguntas que surgen de forma natural, como por ejemplo: ¿no son
las  tendencias  económicas,  ecológicas,  culturales  un  argumento  de  que  el  mundo  necesita  un
sistema económico distinto y por tanto unas relaciones de producción diferentes? Podemos ahora
apuntar algunas certidumbres. El modo de producción capitalista y su sistema industrial no son
la  solución;  el  planeta  no  puede  sobrevivir  con  una  economía  basada  sobre  la  producción
ilimitada de bienes, sobre la acumulación del capital.

Las relaciones de valor han tenido un papel fundamental en el desarrollo de la sociedad humana,
pero han llegado a un límite en que estas relaciones deben ser superadas por un nuevo conjunto
de  estructuras  sociales,  que  como  mínimo  garanticen  un  aumento  cualitativo  en  el  grado  en  el
cual los hechos sociales y económicos, sean  gobernados con una conciente toma de decisiones al
nivel de la colectividad humana como un todo.
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Las  proposiciones  nucleares  de  la  teoría  de  Marx  del  valor-trabajo  son  fundamentales  para  su
teoría  de  la  crisis  capitalista,  en  particular  su  ley  de  la  tendencia  de  la  caída  de  la  tasa  de
beneficio.  También  su  visión  del  capitalismo,  como  un  modo  de  producción  en  el  que  la
medición  del  bienestar  social  es  necesariamente  hecha  en  términos  del  tiempo  de  trabajo
abstracto  (la  forma  fenomenal  de  la  moneda);  por  tanto  esta  medición  no  es  natural  ni  eterna,
pues  tiene  bases  sociales  e  históricas.  La  existencia  de  la  segunda  contradicción  refleja  la
emergencia  de  los  impedimentos  materialmente  reales  y  tangibles  a  la  acumulación,  pero
también  reflejan  la  voluntad  de  las  fuerzas  sociales  para  definir  los  parámetros  de  la
transformación de la naturaleza, de la producción.

Podría entonces concebirse un modo de producción que no use tal medición (bienestar en tiempo
de  trabajo)  y  que  pueda  redirigir  la  economía  de  trabajo  aportada  por  la  tecnología    a  la
expansión cualitativa y cuantitativa del tiempo libre disponible, que puede capacitar a todos los
seres humanos a desarrollar sus capacidades en forma completa. Lo que se opone a tal proyecto
es  la  estructura  de  relaciones  socioeconómicas  que  constituyen  el  fundamento  de  la  ley
capitalista del valor.

La “ciencia económica” burguesa no puede cuestionarse a sí misma, es como pedirle a un mono
que  se  corte  la  rama  en  donde  está  colgado.  La  economía  como  una  disciplina  autónoma  nació
como una teoría del capital y como tal permanece. Solo una ciencia no burguesa puede ofrecer
un  cambio  de  la  teoría  que  ayude  a  cambiar  la  realidad,  una  tal  que  considere  las  condiciones
objetivas del movimiento social, es decir, las leyes del movimiento de la sociedad como sistema
concreto:  de  sus  componentes,  estructura,  ambiente,  mecanismo  y  superestructura,  que  permita
explicaciones  objetivas  que  son  además  una  condición  necesaria  para  la  transformación  social
por medio de las fuerzas resistentes al capital.

A pesar del discurso ideológico de ésta década proclamando la “muerte del comunismo” (una
celebración apagada por la severa y larga depresión global), la teoría del valor-trabajo de Marx,
la cual supone una teoría general de la sociedad como sistema concreto (tiene que ver con toda
cosa),  queda  como  el  único  marco  de  apoyo  serio  para  tratar  la  irracional,  contradictoria  y
crecientemente peligrosa trayectoria actual del modo capitalista de producción.

Si es verdad que las “desigualdades” y el “bienestar oligárquico” define al modo de producción
capitalista  de  hoy  día,    lo  es  también  que  el  bienestar  (entendido  como  las  cosas  útiles  y  de
servicio que constituyen los estandares de vida y su capacidad para satisfacer continuamente sus
necesidades),  podría  generalizarse  a  todo  la  población  del  mundo  una  vez  que  cese  de  medirse
con formas “relacionalmente” antagónicas, centralizadas en términos del trabajo  abstracto
socialmente necesario. Aun para los burgueses y sus ideólogos montados en el mismo barco, esta
sugerencia  o  posición  conceptual  debe  considerarse  con  seriedad  científica,  particularmente
cuando se aprecia que la tasa de crecimiento a largo plazo de la economía global está cayendo y
que  son  absolutamente  necesarios  para  evitar  una  catástrofe  ecológica,  tasas  más  altas  de
crecimiento en todos los sectores de la economía mundial, en un mundo finito.

El continente de tal ciencia lo abrió Marx y si se está en lo correcto, si las relaciones de “valor”
han acabado su potencial para contribuir a la creación del bienestar humano  y  el cumplimiento
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de  las  necesidades  humanas  a  una  escala  global,  entonces  es  obligatorio  para  la  humanidad
buscar  una  nueva  forma  de  organización  socio-económica  que  trascienda  estas  relaciones,  que
determinan el tremendo desarrollo potencial de la ciencia y la tecnología y la división del trabajo
que el capital ha tenido en los pasados pocos siglos.

La retórica de la “economía del mercado libre” es el manto  ideológico  de  un  despotismo  que
tiene a la mayoría de la humanidad amarrada, sean trabajadores o capitalistas: el despotismo de
la “mano invisible” de las fuerzas del mercado operando detrás de la colectividad humana cuyo
destino determinan. Este despotismo ha decretado que la vida económica de los seres humanos,
sobre cuya base dependen todos los “modos de vida”, sea gobernada por la ley del valor-trabajo,
sea o no concientemente comprendida por los individuos, sirvan o no las necesidades colectivas
de  la  humanidad.  Para  quebrar  este  despótico  poder  se  requerirá  una  decisión  conciente  para
tomar socialmente el control de los mecanismos de producción y reproducción, de la producción
de decisiones concientes de la práctica humana como seres colectivamente organizados, es decir,
la ideología opuesta a la existente.

Pero  tal  decisión  debe  ser  predicada  sobre  un  reconocimiento  previo:  que  la  ley  del  valor-trabajo,  las  relaciones  de  producción  del  capitalismo-realmente-existente,  no  es  una  ley
“eterna” de la sociedad humana y que puede ser superada.

Si  la  estructura  y  su  ley  de  reproducción  del  modo  de  producción  capitalista  actual  (ley  del
valor-trabajo)  hacen,  como  observa  justamente  Baudrillard,  que  el  capital  se  convierta  en  su
propio mito, en una máquina interminable aleatoria, parecida a un código genético, a un cáncer
que  no  deja  campo  para  el  planeamiento  de  su  inversión,  la  pregunta  queda:  ¿cómo  romper  su
verdadera  violencia?;  ¿puede  la  ley  históricamente  limitada  trascenderse,  de  tal  manera  que  le
permita a la humanidad superar nuestros problemas más grandes, socio-económicos, culturales, y
ecológicos?

Lo que se ha perdido hoy día es la creencia cientificista (por tanto determinista) en el progreso,
resultado ideológico directo del triunfalismo teleológico;  y lo que no se  ha perdido es la visión
desmitificadora  y  el  análisis  concreto  y  abierto  para  una  recategorización.  Esto  permitiría  una
base adecuada para combatir el rechazo de parte de los “estudios culturales” de cualquier esencia
y  totalidad.  Además  se  necesita  rehabilitar  el  buen  nombre  de  la  naturaleza  humana  y  que
renazca la “imaginación  socialista”, algo que ha sido terriblemente destruída desde que los
procomunistas de Moscú y los capitalistas se unieron proclamando la identidad del Estalinismo y
el socialismo/comunismo. Por eso es que es necesario revisitar y revisar de nuevo a Marx, pues
es precisamente para este tipo de imaginación que la teoría del valor-trabajo de Marx sirve, para
estimular el reto de la inevitabilidad de las relaciones de valor y reafirmar la capacidad humana,
la  de  los  seres  que  crean  la  realidad  humano-social,  para  que  entonces  puedan  transformar
radicalmente sus relaciones económico-sociales.

El mercado como afirma Smith [Smith, M. 1994] es un Leviatán vestido de oveja: su función no
es impulsar  y perpetuar la libertad (aunque sea solo una variedad política  de libertad) sino más
bien  reprimirla.  La  ideología  de  mercado  asegura  que  los  seres  humanos  la  destruimos  cuando
intentamos controlar nuestros destinos (“socialismo es imposible”) y que somos afortunados en
poseer  un  mecanismo  de  relaciones  impersonales  -el  mercado-  que  puede  substituir  al
16
planeamiento  y  reemplazar  las  decisiones  humanas:  solo  necesitamos  mantenernos  limpios  e
hiperrealizados.

La resistencia, la práctica política opuesta, comienza con la consideración de que nunca se debe
dejar  de  entender  y  exponer  el  más  preciado  secreto  del  capital:  que  ya  ha  cumplido  su  papel
histórico  como  medio  para  el  desarrollo  cultural,  el  bienestar  material  y  social  y  el  bienestar
general de la humanidad.

7. Bibliografía

1.  Arrigui,  Giovanni:  (1991)  World  Income  Inequalities  and  the  Future  of  Socialism.  New
Left Review 189.
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17

SOBRE  EL  AUTOR:      Dr.  Ing.  Rodolfo  Herrera  J.    profesor  emérito  Univ.  de  Costa  Rica,
rodolfoh@racsa.co.cr

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