Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (217).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al viernes 15 de mayo de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE (X).
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El tema de la memoria histórica es, de manera inevitable, el de la memoria
colectiva de una nación o de cualquier otro conglomerado social, al menos
dentro de una cierta dimensión sociológica, lo que no excluye la tensión
siempre existente entre la memoria individual y la historicidad de la
memoria. Dicho en otros términos, los recuerdos individuales se entretejen
para formar la memoria colectiva, sin que esta sea reductible a la sumatoria
de las memorias individuales. De esta manera, segmentos completos de una
determinada sociedad asumen distintas posturas frente a determinados
períodos históricos optando, en algunos casos, por el olvido, la omisión o
la distorsión de la naturaleza específica de ciertos acontecimientos
históricos, sobre todo en el caso de aquellos que pudieran haber
representado una experiencia traumática para toda una generación. Durante
nuestro reciente viaje a Chile, al cabo de muchas décadas de ausencia, no
pudimos evitar el enfrentarnos con estas reflexiones, y sobre todo, con la
persistencia de nuestros recuerdos personales y familiares, los que se
vieron enfrentados, de una manera u otra, con las visiones imperantes en el
Chile de hoy, después de los largos años de la dictadura militar y de los
sucesivos gobiernos de la concertación.
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La sociedad chilena de las décadas del setenta y ochenta del siglo anterior
optó, al menos entre los victimarios y genocidas, instrumentos de aquella
dictadura empresarial-militar que le brindó tan valiosos servicios, en
escala continental, al proyecto neoliberal/neoconservador de las elites
empresariales de todos los países de la región, en una primera instancia,
por negar lo que estaba ocurriendo, y posteriormente, por un olvido y un
silencio que pretendieron imponer a las víctimas directas del terror y a sus
familiares. Dentro de esa lucha por el rescate de la memoria histórica cabe
destacar el esfuerzo realizado por la Fundación Salvador Allende de Santiago
de Chile, la que publicó en octubre del año anterior, bajo el título de
SALVADOR ALLENDE. FRAGMENTOS PARA UNA HISTORIA, una colección de trabajos y
ensayos de un grupo de historiadores, antropólogos y otros profesionales.
Esta publicación que pudimos adquirir durante nuestra reciente visita a
Chile, sirvió también para conmemorar el centenario del natalicio, en el
puerto de Valparaíso, del presidente Salvador Allende Gossens (1908-1973).
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Entre los ensayos publicados en ese extenso volumen, de más de 300 páginas,
destaca el trabajo del historiador Gabriel Salazar Vergara, con el sugestivo
título Las coordenadas históricas de Salvador Allende (1910-1973), en que se
analiza la pertinaz crisis del modelo sociopolítico y económico de la
sociedad chilena, la que se puso de manifiesto, de manera recurrente, desde
la segunda mitad del siglo XIX, pero especialmente a partir de 1910, cuando
se hizo evidente el agotamiento del mercantilismo, impuesto por Diego
Portales y la incapacidad de las clases dominantes de llevar adelante una
verdadera propuesta de estado y de nación soberanos e incluyentes. Ante las
propuestas societarias de las grandes mayorías nacionales se respondió, por
parte de la oligarquía y el ejército, con la constitución de 1925, gestada
sobre un modelo autoritario y centralista del poder político. A partir de
allí se frustrarían todas las iniciativas de modernizar y democratizar la
sociedad chilena, dentro de lo que se constituyó en una especie de camisa de
fuerza, la que con su acción impidió las necesarias transformaciones
históricas, en un largo proceso que terminó con el golpe militar de 1973,
con el que se puso fin a ese complejo período histórico, dentro del que
surgió y debió actuar Salvador Allende, como una figura que recogió e
intentó canalizar las reivindicaciones del movimiento popular chileno de la
época.
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De gran interés puede resultar también la lectura de los testimonios de un
militante socialista e historiador quien narra y analiza sus encuentros con
Salvador Allende entre 1958 y 1973. Se trata de Luis Ortega Martínez quien
empieza hablando de su primer encuentro con Allende, en 1958, cuando contaba
apenas con doce años de edad y sus sucesivas experiencias, a lo largo de
toda la década de los sesenta, cuando ya convertido en militante de la
Juventud Socialista, colabora con quien fuera su amigo y en cierta forma
mentor político, a lo largo de las campañas electorales de 1964 y 1970. El
texto permite captar una serie de singularidades del proceso histórico muy
propias de esa época. Otros títulos nos hablan de Salvador Allende, un masón
consecuente de Juan Gonzalo Rocha, Salvador Allende en la perspectiva
histórica del movimiento popular chileno de Sergio Grez Toso y Allende y el
Pueblo Mapuche: el camino desde el Ñielol de Augusto Samaniego Mesías, un
artículo en el que se destaca la importancia del trabajo político y del
impulso que se dio a las reivindicaciones de los campesinos mapuches durante ese período. Nos permitimos invitar y hasta exhortar, con cierta vehemencia, a nuestros lectores, para que lean y reflexionen sobre los contenidos de esa extensa publicación de la Fundación Salvador Allende.
Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (216).
Por Rogelio Cedeño Castro,
Correspondiente al jueves 14 de mayo de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE (IX).
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La serena belleza y la pureza del aire, características de los parajes
próximos a las áreas urbanas, propiamente tales, de la comuna santiaguina de
Puente Alto y de sus alrededores, termina por producir un ambiente más sano
en toda esa localidad, situada al sureste de Santiago, en un vivo contraste
con la polución del centro capitalino, la que ya resultaba muy evidente, a
comienzos de los años setenta, cuando pasamos un período muy importante de
nuestra juventud en este lejano y austral país. El paisaje cordillerano, con
toda la inmensidad de su entorno rocoso, es el que termina imponiéndose ante
nuestros ojos, como un fluir que emanando de los contrastes geográficos,
propios de esta región, se acentúa a medida que nos internamos en el Cajón
del río Maipo, un estrecho valle que termina abriéndose, de manera un tanto
abrupta, en una área próxima al propio Puente Alto, desde la cual nos es
dado contemplar los imponentes macizos de la cordillera de los Andes, con
sus tonos grises o rosados, propios del verano y de este otoño, un tanto
caluroso, con que nos recibió la capital chilena. Desde este punto
geográfico, el río Maipo, al igual que el Mapocho, seguirá su recorrido
atravesando la megalópolis capitalina para seguir su curso hacia el Océano
Pacífico.
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Desde la plaza de Puente Alto, con su estación terminal, parten los coches
del metro santiaguino hacia el centro de la gran ciudad, y sus diversas
ramificaciones nos permiten arribar, de manera relativamente rápida, a
muchos puntos de la geografía santiaguina. Domina el conjunto de la plaza
puentealtina una estatua ecuestre del guerrillero independentista Manuel
Rodríguez, con aspecto de jinete andaluz y un conjunto de edificaciones de
poca altura que tornan el aire más agradable y menos sofocante que el de
otras comunas de la capital chilena. La terca voluntad de lucha del
legendario guerrillero, asesinado en la localidad de Til Til, en una lejana
fecha del año de 1818, poco después del fusilamiento, en la cuyana ciudad de
Mendoza, al otro lado los Andes, del prócer independentista José Miguel
Carrera, parece presidir la atmósfera social y política de la comuna más
poblada de todo Chile, un hecho debido, en gran medida, a las numerosas
migraciones que han sido acogidas por esta área urbana, durante las últimas
décadas.
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A lo largo de la mayor parte de la segunda semana de nuestro viaje, un
periplo plagado de los más variados recuerdos, caminamos todas las mañanas,
procurando descargar energías, desde la casa de nuestro amigo de siempre, el
profesor Luis Elmes Araya, allá en la Avenida Laja, hasta la plaza ubicada
en el centro de Puente Alto, dentro de lo que se constituyó en una excelente
oportunidad para observar el ritmo de la vida cotidiana, propio del área
urbana esta populosa, pero todavía tranquila comuna. Durante estos
recorridos nos hemos encontrado con las instalaciones de la Industria
Papelera, la famosa Papelera de Puente Alto, una de las más importantes de
Chile, consagrada en este caso a la producción de ese rubro tan importante
para la divulgación del pensamiento, por ser un componente esencial en la
elaboración de libros, revistas, diarios y otras publicaciones periódicas:
en otras palabras, el papel.
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Esta querida comuna de Puente Alto ha sido, a lo largo de dos semanas,
nuestro hogar en toda la extensión de la palabra, durante esta visita, dada
la generosidad inagotable de los Elmes, la que ya había tenido sus
expresiones concretas en aquellos tristes días, del mes de octubre de 1973,
cuando habíamos caído detenidos por el nuevo régimen y entonces Luis Elmes
Araya acudió a proteger a su amiga, la escritora Luz María de la Cruz Redón
(1946-2008) recientemente fallecida, quien fuera nuestra esposa y a la
pequeña hija que habíamos procreado, entonces con apenas seis meses de edad.
De esta manera, nuestra hija Ximena estaba regresando en este viaje, a la
casa que le sirvió de refugio, en aquel entonces, aun a riesgo de la vida
del propio don Luis, quien también cayó detenido por los esbirros de la
dictadura, en esos mismos días, cuando el director del Liceo de Puente Alto,
en el que laboraba, lo puso en una lista negra que entregó a los militares,
poniendo en peligro su existencia, en uno de los momentos más crudos de la
represión. En esta hora de reencuentros y de tantos recuerdos, los que nos
unen al viejo Chile que conocimos y seguiremos amando siempre, queremos
testimoniar ante nuestros lectores, expresándo nuestra gratitud infinita al
compañero Luis Elmes y su familia, tan querida para nosotros, por haber
llevado la solidaridad y el amor hasta puntos tan altos, en medio de un
mundo que hace mucho dejó de amar y está entregado a una especie de locura
necrófila y suicida.Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (214).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al jueves 30 de abril de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE(VIII).
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El recorrer las calles del centro histórico de la ciudad de Santiago, el
núcleo original de la megalópolis en que se ha convertido la capital
chilena, un área situada entre la Alameda Bernardo O’ Higgins por el sur y
el río Mapocho por el norte y entre la Plaza Baquedano o Plaza Italia por
el Este y la Estación Central, por el oeste, se constituye en un ejercicio
fascinante, aunque también fatigoso, para el viajero que vuelve después de
algunas décadas de ausencia. Las principales calles se han convertido en
bulevares por lo que ya no circulan vehículos en buena parte de esa área, ya
que el metro santiaguino se ha convertido en el medio de transporte por
excelencia. Por otra parte, la Plaza de Armas, un punto neurálgico de la
ciudad, desde los primeros tiempos de la colonización española, mantiene
casi intacta su fisonomía, aunque con menos árboles y bancos para poder
sentarse. El bulevar en que se ha convertido la calle que está frente a la
vieja catedral y cuyo nombre se nos hace difícil sino imposible de recordar,
le ha arrancado un trozo a la superficie de la plaza, reduciendo de manera
notoria, las dimensiones que tuvo durante innumerables décadas, .
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El viejo y bello edificio del correo central, situado a un costado de la
Plaza de Armas, sede de los gobernantes de Chile, después de la
independencia y hasta 1846, se mantiene intacto y tiene la virtud de
ayudarnos a asociar imágenes del pasado y recordar así nuestras numerosas
visitas que le hicimos, a inicios de la década de los setenta. En el costado
opuesto de la plaza y frente a ella, el edificio del Portal Fernández
Concha, no si ni porque recordamos su nombre, también se mantiene intacto y
si bien ya no pudimos encontrar el viejo restaurante francés Chez Henry que
se ubicaba allí, sí visitamos otros restaurantes y fuentes de soda donde
pudimos degustar algunos de los platos originarios de este país tan austral.
Otras edificaciones, ya existentes en la época de nuestras últimas visitas,
vinieron a completar el panorama que nos permitió entablar una cierta
familiaridad con ese entorno que mantiene muchos de sus rasgos originarios.
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Después de caminar por las calles adyacentes a la Plaza de Armas, pasar por
el edificio del viejo congreso nacional, donde sesionaban el senado y la
cámara de diputados de la república, cuya institucionalidad fue barrida por
el golpe empresarial-militar de 1973, terminamos por aproximarnos al Palacio
de la Moneda, a través de la calle Morandé y la Plaza de la Constitución.
Recordamos entonces que, durante aquellos años, dicha plaza era un
gigantesco parqueo y estaba cubierta de cemento, lo que contrasta con los
jardines que hoy dominan el paisaje. Los monumentos de los presidentes Jorge
Alessandri y Salvador Allende, separados por pocos metros se destacan en el
primer plano de la escena. Nos encontramos, de frente, con el monumento al
Chicho (nombre afectuoso que le daban los sectores populares al presidente-
mártir de la vieja generación revolucionaria), por lo general adornado con
claveles rojos que los visitantes emocionados le llevan. Sentimos, por un
momento, un cierto pesar por no haber traído algunas flores y poder así
rendirle un reconocimiento al Salvador Allende, que ante la violencia y la
traición, encontró un momento para hablar de las grandes alamedas que se
abrirán, a pesar de lo que muchos pragmáticos y cínicos digan, para que un
día pueda pasar el hombre libre.
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Caminamos por la estrecha calle Morandé, entre el Palacio de la Moneda y el
Ministerio de Obras Públicas y la emoción nos invade, de nuevo y sin poder
evitarlo, cuando nos encontramos, de manera súbita, con la puerta de Morandé
80, por donde los militares sacaron el cadáver de Salvador Allende y de
otros compañeros asesinados, durante y después del combate de la Moneda. Por
un momento, volvemos a ver hacia los últimos pisos del edificio del
Ministerio de Obras Públicas, ubicado en la acera opuesta y no podemos sino
recordar el testimonio de los combatientes que se apostaron allí, durante
todo aquel fatídico martes 11 de septiembre, quienes demostraron con hechos
las posibilidades que esa forma de combate ofrecía, aunque a algunos les
suene como la mera expresión de una nostálgica terquedad acerca del
significado y las consecuencias de una derrota del movimiento popular
chileno. Se trata de un viaje que nos sitúa y nos confronta con el pasado
histórico y con los escenarios de una tragedia que nos marcó a muchos, de
diversas maneras, y persiste todavía en el recuerdo, la nostalgia de lo que
no fue, de lo que no pudo ser dadas las circunstancias históricas de
entonces. A pesar de ello, seguimos preguntándonos, si es posible que, de
forma colectiva, aprendamos alguna vez las lecciones que la historia nos
ofrece.
Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (213).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al miércoles 29 de abril de 2009.
CHILE:UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE(VII).
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Mientras nos desplazamos por varios puntos de Santiago, Valparaíso y otras
localidades de la zona central de Chile, no podemos evitar el encontrarnos,
en las plazas y en las diferentes esquinas, con los kioskos de venta de los
diarios, revistas y otras publicaciones. A diferencia de lo que ocurría,
hace ya treinta y seis años, durante aquellos mil días de la Unidad Popular,
ahora las publicaciones son de un tono monocolor o si se quiere de una sola
tendencia, ya que la gran mayoría de sus propietarios, formaron parte del
grupo empresarial que impulsó el golpe militar del 11 de septiembre de 1973,
aunque ahora todo el mundo se proclame demócrata o democrático. Ocurre
entonces que diarios como El Mercurio, La Segunda, La Tercera y la Cuarta,
para citar los más importantes, que son los que tienen los mayores tirajes y
una circulación más extensa pertenecen, en realidad, a un empresariado de
tendencia liberal-conservadora, y por lo tanto, hostil a cualquier proyecto
socialista.
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Bastaba con recorrer los kioskos de los puestos de diarios, a lo largo de la
Alameda Bernardo O’ Higgins, en pleno centro de Santiago, durante ese
período, para darse cuenta de la gran pluralidad que caracterizaba a la
prensa chilena de aquella época, hoy todavía tan satanizada o reducida al
olvido por algunos actores sociales y políticos interesados. Al lado de El
Mercurio, La Segunda y La Tercera el lector podía encontrar diarios como El
Clarín y Ultimas Noticias, afines al Partido Socialista, El Siglo y el Puro
Chile afines al Partido Comunista o La Prensa, vocero de la Democracia
Cristiana. Todo un abanico de revistas que iban desde las corrientes más
radicales de la derecha hasta las de la izquierda podían y de hecho eran
adquiridas por los lectores, pero lo más importante de todo, es que los
chilenos de aquella generación eran dados a la lectura y a un apasionado
análisis, de los contenidos de esa gran variedad de publicaciones
periódicas. Las revistas Punto Final y Chile Hoy, reflejo de las posiciones
de la izquierda extraparlamentaria, tenían su contrapunto en las que editaba
el Movimiento Patria y Libertad y otros movimientos de ultraderecha.
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Ahora, algunas décadas después, nos dedicamos a leer los titulares de una
prensa que, en su gran mayoría defiende el nuevo status quo de la
postdictadura empresarial-militar y su excluyente sistema electoral, de
naturaleza binomial, con excepción del gubernamental diario La Nación, una
publicación que, desde hace muchas décadas, se tiñe del color de quienes
ocupen, a título de gobernantes, el palacio de la moneda. Empezaremos
destacando una información, en apariencia neutra, como en el caso del diario
La Tercera, que abre su edición del miércoles 1 de abril de 2009, con un
titular que indica, en relación con los efectos de la crisis mundial sobre
la economía y la sociedad chilena: “Cesantes suben en 100 mil en un año y
tasa de desempleo alcanza el 8,5%” seguido por un encabezado cuyo texto
dice “Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la tasa de
desocupación en el trimestre diciembre-febrero subió 1,2 punto porcentual
respecto del mismo período de 2008. Las ciudades más afectadas – de un total
de 33- son Coronel (17,1%), Valdivia (13,8) y Lota (13,6%)”. A lo anterior,
se añade que la mayor pérdida de puestos de trabajo en relación a un mes
atrás ocurrió en la agricultura, con 41.700 empleos menos y que un total 619
mil chilenos estaban cesantes a esa fecha, de inicios de abril.
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En el diario La Segunda, del martes 31 de marzo de 2009, se indica la
necesidad de mayores sacrificios y trabajo para enfrentar la crisis: “
Velasco: Cifras “malas” nos obligan a trabajar más duro. DESEMPLEO SUBE A
8,5% Y PRODUCCIÓN INDUSTRIAL SUFRE SU PEOR CAÍDA DESDE 1990: 11,5%. Analistas calculan un crecimiento sobre 3% negativo”. Un segundo titular que ocupa la mayor parte de la primera página, acompañado de una foto en que aparecen los presidentes de Chile y Venezuela, en el se indica que: CHÁVEZ ATACA A BACHELET EN QATAR. En plena cumbre de presidentes, la criticó por haber invitado a Santiago al Primer Ministro inglés y al Vicepresidente de los EE.UU. “Pone en peligro la unidad suramericana”, declaró… Nuevo exabrupto del venezolano encuentra abierto rechazo en la Alianza y en la Concertación y recuerda el incidente del “Por qué no te callas”. Como puede apreciarse, el consenso político entre las llamadas izquierdas y derechas, al interior de la sociedad chilena, se expresa en el rechazo a la críticas del presidente venezolano, pero también hacia quienes, dentro de Chile, se expresen de manera negativa, en relación con la forma como se gestiona la política exterior del país, por parte de los gobernantes de la Concertación, quienes cuentan con el entusiasta apoyo de la derechista y opositora Alianza por Chile.
Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (212).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al martes 28 de abril de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE(VI).
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Mientras mi hija Ximena camina jubilosa por las calles de este puerto de
Valparaíso tomando fotografías, al mismo tiempo que observando el bello y si se quiere barroco paisaje urbano, dadas las hermosas, elaboradas e
imponentes fachadas de los edificios del área comercial y del centro
histórico de esta ciudad portuaria, con su arquitectura de acusadas
influencias francesas y alemanas, de hace un siglo, además de las variadas
edificaciones y casas de todo tipo que conforman, hacia el fondo, el paisaje
multicolor e interminable de los cerros, con sus viejos ascensores y la
inmensa y bella bahía con sus fuertes tonos azules o grises, no puedo dejar
de pensar en los 36 años de ausencia, desde nuestra última visita a este
querido y añorado, por muchas razones, Valpo a secas. Nosotros, su madre
chilena y yo, allá en el mes de septiembre de 1972, caminando por las calles
del puerto y desplazándonos en lancha por la bahía desde el muelle
principal; ella todavía, en aquel entonces, empezando a moverse en el
vientre de su madre, dentro de lo que fue una ansiosa y al mismo ilusionada
espera de la llegada de nuestra hija. Ahora Valparaíso, está de nuevo ante
nuestra mirada, la que en mi caso, se torna minuciosa y obsesiva con los
detalles de un paisaje absolutamente avasallador.
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Parece que, de manera inevitable, nos vimos obligados a acudir al uso de la
primera persona del singular, en la narración de esta parte de nuestro
reciente viaje a Chile, una travesía, que por lo demás, estuvo dominada por
los más encontrados sentimientos, en gran parte debido a circunstancias
personales. Quizás el momento más pleno de nuestro reencuentro, una
verdadera comunión, con este viejo y querido puerto se produjo, cuando nos
sentamos a degustar una sabrosa paila marina en el tercer piso del
restaurante de la caleta el Membrillo, con su majestuosa vista marina al
frente. En ese momento el espíritu porteño se apoderó de nosotros y la
calidez, lo mismo que la picardía innata de los porteños nos atrapó, de
manera indiscutible. Un dibujante se nos acercó e hizo un retrato nuestro a
plumilla, los músicos hicieron lo suyo, en otras palabras cantaron y también
nos vendieron música grabada, con cuecas choras porteñas y otros ritmos
latinoamericanos, tales como al valsesito peruano o los boleros. El sabor de
las machas, las cholgas, los choros y otros deliciosos mariscos de los fríos
mares australes, al igual que las variedades de pescado que contiene la
paila marina, nos transportaron a tiempos lejanos y no pudimos sino evocar
las pailas marinas que íbamos a comer, en aquellos primeros años de la
década de los setenta, allá en la boite o restaurant Lucifer de Santiago, no
muy lejos de la Alameda y de la calle San Diego.
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Después de recorrer un laberinto de calles estrechas por los cerros
porteños, nos encontramos, allá en lo muy alto de esta sinuosa geografía,
con La Sebastiana, una de las casas del poeta Pablo Neruda. Edificada, a la
manera de un barco, de al menos cinco pisos, en esta casona sólo vimos
colocados de manera visible, dos poemas de este gigantesco poeta, para quien la poesía parecía ser un inmenso e interminable fluir. Leemos, de manera apresurada y en uno de ellos, el vate originario de aquel sur chileno de las frías lluvias eternas, nos dice que ese mar tan gigantesco, y a veces no
tranquilo, de la bahía de Valpo se coló por su ventana de una manera tal,
que decidió colocarlo en ella y en el otro poema, por cierto muy breve, hay
un emocionado recuerdo de su madre, a quien no conoció, pues ella murió al
nacer el poeta, en el año de 1904. Los objetos más dispares llenan las
distintas habitaciones y van desde botellas de colores, conchas marinas
hasta toda clase de pinturas, grabados y objetos metálicos de la más grande
variedad. Podemos oir la voz del poeta que nos transmite un equipo
audiovisual ubicado en uno de los primeros pisos de la casa. Por un momento, nos detenemos a mirar por las ventanas y la inmensidad de los cerros de Valparaíso, llenos de casas de todo tamaño y color, lo mismo que la visión del centro de la ciudad y del área portuaria, nos dejan alucinados y
quisiéramos pasarnos días, horas y hasta días con nuestra mirada hundida en
el paisaje porteño.
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Uno o dos recorridos por las calles comerciales del centro de Valparaíso,
con las fachadas de los viejos edificios, los parques y los monumentos nos
dejan emocionados. Los edificios de hace poco más de un siglo con sus muros
estucados, de manera detallada y admirable, nos hacen pensar en las
cualidades y la singularidad del trabajo de los obreros y artesanos de
aquellas generaciones que fueron edificando, al cabo de muchas décadas, este
centro histórico de la ciudad. Hoy, en este presente de la historia que se
va diluyendo, ya no existe esa clase de trabajadores de la construcción, por
lo que habrá que cuidar y restaurar esas fachadas, producto entre otras
cosas, de diversas influencias arquitectónicas europeas y por ello, no ha
sido casual el hecho de que la UNESCO, haya declarado al puerto de
Valparaíso como patrimonio de la humanidad.
Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (211).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al lunes 27 de abril de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE(V).
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El mundo de la política chilena, parece moverse en los términos del teatro
del absurdo, como veremos más adelante, al igual que continúa sucediendo con la toma de decisiones políticas en casi todos los países del planeta, en una
época en la que algunas cuantas empresas transnacionales son más poderosas
que un buen número de estados, al menos a partir del hecho de que sus
ingresos superan en mucho al PIB de ese grupo de naciones, presuntamente
soberanas. El hecho es que, en los días anteriores a nuestro viaje a
Santiago de Chile, se produjo en Viña del Mar, la llamada cumbre progresista
que lleva el nombre de esa ciudad, con la presencia del primer ministro
británico Gordon Brown y el vicepresidente de los Estados Unidos Joe Biden.
Dicho evento provocó una serie de reacciones bastante reveladoras de los
términos en que se mueve la llamada clase política chilena, tanto de
izquierda como de derecha.
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Mientras, por un lado, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías,
lanzaba una serie de críticas bien fundamentadas acerca de la naturaleza de
la Cumbre Progresista viñamarina, del día 27 de marzo, entre ellas la de que
con tales eventos se pretendía dividir el bloque sudamericano de poder que
se ha venido consolidando, a lo largo de los últimos años, con la decisiva
participación venezolana y brasileña, el mundo político chileno presentaba
una casi unanimidad para rechazar, de manera similar, las críticas del
gobernante venezolano. Pero, lo más llamativo fue la destitución, mediante
renuncia exigida, del embajador de Chile en la República Checa, el histórico
militante democratacristiano Marcelo Rozas (calificado así por el diario
santiagüino La Tercera). Su presunto delito o error fue el haber ironizado y
cuestionado, en una columna de opinión, la realización de las llamadas
cumbres progresistas.
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La petición de la renuncia, por parte del ministro de relaciones exteriores,
como resultado de instrucciones expresas de la presidenta Michelle Bachelet,
dio lugar a una extensa entrevista, que el destituido embajador en Praga,
concedió al diario La Tercera de Santiago, la que apareció publicada en la
edición del domingo 5 de abril de 2009. En ella Marcelo Rozas, afirma que
las cumbres progresistas son como el teatro del absurdo, a la vez que indicó
que durante estos años “He podido releer a Kafka y a Ionesco, ellos fueron
preclaros con el absurdo. Es la cantante calva. Unos señores, estos que se
llaman sherpas (asesores), hacen una declaración que se la pasan a los
presidentes; los presidentes se ponen en una tarima e intercambian opiniones
que se las han dicho estos serpas y los serpas se colocan en las sillas de
debajo de público y aplauden lo que ellos mismos han escrito”.
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De esta extensa entrevista del embajador Marcelo Rozas, concedida al diario
La Tercera y de cuya lectura disfrutamos, allá en un café próximo a la plaza
de Puente Alto, cabe destacar su ironía frente a los que llama socialistas
de balneario y la falta de ideas entre la izquierda. Lo que sucede, nos dice
el renunciado o destituido embajador es “Que esta es una izquierda sin
ideas. (Jean Paul) Sartre escribió la Crítica de la razón dialéctica y fue
el último momento de la izquierda en tener una idea. No estamos hablando de
un programa electoral, ni de medidas. Después de eso lo único que hay es un
lento declinar que termina con el Muro de Berlín. Y después todos somos
liberales…Uno va a los balnearios a descansar, a tener buenos sueños, a
comer relativamente bien. A lo que llamo socialismo de balneario es a esto
de querer que el capitalismo no sea tan malo”.
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Mientras se continúa con la satanización del presidente venezolano, Hugo
Chávez, a quien quisieran mandar a callar, a semejanza de los dichos del Rey
de España, un deporte en el que buena parte de la prensa y la clase política
chilenas parecen ser expertos, el canciller chileno Mariano Fernández le
plantea al destituido embajador Marcelo Rozas que, quienes están al frente
de las embajadas, no deben comentar temas que no son propios de su
competencia. Pero el funcionario destituido plantea su desacuerdo y agrega
que, frente a la crisis económica y durante sus encuentros, los políticos
no saben como enfrentar lo que viene y pone dos ejemplos: “Uno es la cumbre de Davos, lo más representativo del mundo que se está cayendo. Y en segundo lugar, las cumbre de los progresistas, porque a sus gobiernos les va a tocar salvar el capitalismo…¡ puros lugares comunes!”. El renunciado embajador Rozas deberá estar de regreso en Santiago, antes del día 1 º de mayo.
Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (210).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al viernes 24 de abril de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE (IV).
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El hecho de poder deleitarse, con la sola mirada o con la degustación de los
sabores, los aromas, el colorido, la forma y hasta el nombre de los
alimentos y las plantas, propias del lugar, provoca en el viajero
incontables emociones, de todo tipo. En nuestro caso, resultaron ser una
parte esencial y hasta conmovedora, por así decirlo, de las motivaciones de
un viaje a la memoria, como el que acabamos de realizar a Chile, al cabo de
más de treinta y cinco años de ausencia, una ausencia forzada por las
circunstancias. El primer contacto con esas formas y sabores, evocadores de
otros tiempos, se produjo en la comuna de Puente Alto, ubicada en el sector
sureste de la propia capital cuando, a la hora del desayuno, volvimos a
encontrarnos con las ayuyas (o allullas?) y las marraquetas, que son
precisamente las modalidades más populares de presentación del pan que se
consume en la mayoría de los hogares chilenos. De esta manera, fue en la
casa de la familia Elmes, donde volvimos a tomar contacto con esos y otros
alimentos, los que hicieron aflorar en nosotros, toda una oleada de
recuerdos, provenientes de aquellos primeros años de la década de los
setenta, cuando éramos residentes en este país.
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La proximidad con las ferias del agricultor, las que por cierto empezaron en
este país austral mucho antes que en el nuestro, se puso de manifiesto en la
misma localidad de Puente Alto, frente a la casa de nuestro amigo, el
profesor Luis Elmes Araya. La sola degustación de unos duraznos, en esa
feria y en la casa de don Luis, nos hicieron recordar la existencia de una
gran cantidad de variedades de esta fruta, que en este país es exquisita en
toda la extensión de la palabra y que se van cosechando, a partir de
octubre, en la medida en que avanzan la primavera y el subsiguiente verano
del hemisferio sur. Las numerosas variedades de tomate, de palta, de choclos
y de porotos que sirven de base para la preparación de una gran cantidad de
platos, muy exquisitos y adecuados, en cada caso, a las diferentes
estaciones climáticas del año vinieron a nuestra mente, mientras caminábamos
por la feria del agricultor puentealtina (¿Estaremos acaso reinventando el
gentilicio? Porque, de ser así, pedimos excusas anticipadas a nuestros
amigos de esa comuna santiagüina).
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La ingesta de una gran variedad de platos, algunos de los cuales ya no
recordábamos transcurrió, no sin emociones, con el paso de los días. De esta
manera, los porotos granados, las sabrosas ensaladas, el pastel de choclo,
los porotos con mazamorra y toda clase de carnes, con sus particulares
preparaciones, aportaron su riqueza y colorido a la mesa, durante los
tiempos de comida y en las largas sobremesas que sostuvimos con nuestros
amigos, en medio del más extraño de los otoños, con soles muy quemantes y
temperaturas, todavía muy altas para esta época del año, la primera quincena
del mes que está por terminar. Las antiguas bebidas gaseosas, típicamente
chilenas, denominadas bilz y pap, acompañaron a los vinos, durante esas
agradables y conmovedoras, a ratos, veladas que tuvimos la suerte de
compartir, junto con nuestra hija, con esas personas tan queridas para
nosotros. Es como si hubiéramos estado, por momentos, en medio de un mundo
de bilz y pap, un viejo dicho popular que expresa la existencia de un
universo ficticio, dentro del que las cosas resultan mucho más fáciles que
en la dura realidad de la vida cotidiana.
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En definitiva, no puede negarse que existen toda clase de viajes pero, sobre
todo, es preciso tener en cuenta que son los propios viajeros los que le dan
un sentido particular, a cada una de esas vivencias que resultan ser
absolutamente singulares, tal y como sucedió con el fotógrafo francés León
Durandin Abault (1872-1955), quien llegó a las costas chilenas, en 1897,
para convertirse, con el paso del tiempo, desde la condición inicial de un
viajero incansable y romántico aventurero, en uno de los pioneros de la
fotografía en Chile, tal y como nos lo describe Rodrigo Miranda, en la
páginas 80 y 81, de la edición del domingo 5 de abril de 2009, del diario La
Tercera de Santiago de Chile, mientras le anuncia a los lectores dominicales
de ese diario que: “Un libro y una exposición del Museo de Bellas Artes
revelan imágenes inéditas del francés que hace 100 años llegó a Chile para
captar las primeras fotos en color de la pujante burguesía santiagüina y los
indígenas de la Tierra del Fuego antes de su extinción.”. Curioso y
particular destino el de este viajero, León Durandin, quien volvió a Francia
en los años veinte del siglo anterior y decidió regresar, de manera
definitiva, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, a un Chile que hizo
suyo y de sus descendientes
Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (209).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al jueves 23 de abril de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE (III).
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Los comentarios acerca de la naturaleza y manifestaciones más visibles del
régimen político imperante en Chile, a partir de la instauración, casi
veinte años atrás, de lo que podríamos calificar como la postdictadura,
resultaron inevitables en las reuniones, sostenidas durante nuestro reciente
viaje a ese país, con nuestros no tan numerosos amigos chilenos, a quienes
hemos vuelto a encontrar, al cabo de tantos años, dentro de un ejercicio, en
el que nuestros vagos intentos por reconstituir algunos elementos históricos
y vivenciales, a partir de la memoria compartida acerca de un pasado que,
por muchas razones, es algo ya muy lejano, tuvieron un éxito bastante
limitado, al interior de un país y una sociedad, dentro de los que un gran
sector de la población ha optado por el olvido o la simple omisión. Nuestro
viaje al Chile del presente no podía evitar, en modo alguno, el roce con ese
duro pasado lejano que, de alguna manera, con la acción consciente o no, de
los diversos protagonistas del drama social y político, vino siendo
configurado, a través del inevitable paso del tiempo.
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Algunas conversaciones, sostenidas en el transcurso de los días, de manera
discreta, con nuestros amigos cercanos, nos permitieron captar la sensación
de frustración generalizada y de desgano hacia el mundo de la política,
después de casi veinte años de gobiernos de la llamada Concertación de
centro-izquierda, conformada en lo esencial, por una alianza entre
socialistas y democratacristianos, como algo de suyo evidente. Es por ello,
que muchos jóvenes han preferido no inscribirse en los registros
electorales, con lo que se mantienen al margen de los procesos electorales,
a partir de los cuáles se busca legitimar la presunta sociedad democrática
que proclaman los sectores hegemónicos, representados por una derecha y una
izquierda que han terminado por parecerse cada día más, en el entendido de
que esas denominaciones retienen todavía algo de su valor explicativo. Los
negocios y los intereses particulares terminaron por acercar a la
supuestamente centroizquierdista Concertación por la Democracia y a la
derechista Alianza por Chile, según el criterio de nuestros interlocutores,
cuyas percepciones los llevan a pensar que estas gentes(los políticos) han
terminado por ser parientes entre ellos.
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Por otra parte, la existencia cotidiana de un hilo, a veces no tan sutil,
alimentado por una amnesia muy conveniente, al menos para algunos
protagonistas de la actual escena política, con la que se procura meter en
el mismo saco, la memoria de los odiados marxistas (¿ a saber por cuáles
sectores o grupos sociales?) y la de los protagonistas y gestores de
dictadura empresarial-militar, un régimen que les resultó indispensable a
muchos actores sociales del capitalismo chileno en crisis, en aquel
entonces, razón por la que le dieron su apoyo entusiasta al inicio, pero que
por sus acciones más cruentas llegó a ser problemático continuar
legitimándolo, con el paso del tiempo. A pesar de ello se insiste, con una
cierta dosis de cinismo, en poner a las víctimas y a los victimarios dentro
de la misma dimensión ética. No hay duda de que se trata de una hábil
manipulación que permite eludir el debate histórico de fondo, en una
sociedad en la que la gran mayoría de los medios de comunicación, son
propiedad del sector empresarial que encabezó el golpe militar de septiembre
de 1973.
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Nuestros amigos consideran que del viejo programa de la Unidad Popular y de
los mil días del gobierno de Salvador Allende Gossens (1970-1973), así como
de sus importantes logros, no ha quedado sino un vago recuerdo, un tema del
que casi no habla, excepto en algunos rituales y efemérides, donde resulta
inevitable hacerlo. Todo este panorama político se configura, dentro de lo
que se constituye en un empleo, más que interesado, de algunos elementos
simbólicos del viejo socialismo chileno, para la materialización y
legitimación de un proyecto social y político, esencialmente diferente al
del Partido Socialista y sus aliados de aquellos tiempos, en lo que
constituye una especie de travestismo político, vaciando de contenido y
empobreciendo el lenguaje y la actuación política. Lo que podríamos
calificar, como el gran escenario de la política chilena, a semejanza de lo
que sucede por estas latitudes del paralelo 10, situado al norte de línea
ecuatorial, se ha convertido en un lamentable y mediocre espectáculo, cuyos
protagonistas se colaron detrás del telón, olvidando su condición de
comediantes de baja estofa. En sucesivas entregas daremos algunos ejemplos
concretos de nuestras afirmaciones.
Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (208).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al miércoles 22 de abril de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE (II).
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Mientras estoy viajando en auto, entre la urbe santiagüina y la localidad de
Quintero, ubicada en la costa central de Chile, en compañía de algunos
amigos chilenos, puedo observar a ambos lados de la carretera, un llamativo
paisaje semidesértico en el que predomina una, más o menos, abundante
vegetación enana, de naturaleza esclerófila, propia de esta región y de
estas coordenadas geográficas, a los 33 grados de latitud sur, con un clima
influido por la fría corriente de Humboldt, según me explica mi buen y
verdadero amigo, el geógrafo Max Elmes, quien además de transportarnos a
muchos lugares, se ha convertido en nuestro guía durante esta parte del
viaje. Se trata del hijo mayor de nuestro leal amigo de siempre, además de
compañero nuestro en la vieja sede oriente de la Universidad de Chile, el
Pedagógico de principios de los años setenta, el profesor Luis Elmes Araya,
vecino de la comuna capitalina de Puente Alto y docente del Instituto
Nacional, el colegio más viejo de este país, fundado en 1813, por José
Miguel Carrrera, uno de los próceres de la independencia chilena. Con don
Luis hemos vuelto a reunirnos y a compartir su generosa hospitalidad, al
cabo de más de treinta y cinco años de ausencia, de una ausencia forzada,
cuyos orígenes se remontan al mes de octubre de 1973, cuando ambos sufrimos,
de diversas maneras, la represión de la Junta Militar y del régimen
empresarial-militar que se estaba instalando en este país, con el propósito
de sumirlo en la larga noche neoliberal/neoconservadora. La inocultable
emoción dominó, en todo momento, nuestros encuentros y veladas.
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Más adelante, y en la medida que nos aproximamos a la costa, de esa que
ahora llaman la Quinta Región, un ámbito geográfico cuya aglomeración urbana
más importante es el puerto de Valparaíso y la ciudad contigua de Viña del
Mar, observamos la gran cantidad de paltos o árboles de palta (aguacates,
para nosotros) que han sido plantados con un doble propósito: Por un lado,
la obtención de un producto agrícola de gran consumo en los mercados
locales, por formar parte, de muy diversas maneras, de la dieta de los
chilenos y por el otro, se busca la reforestación de esta región
semidesértica, a partir de la plantación masiva de estos y otros árboles, de
tal manera que, en la medida en que nos acercábamos al área costera el
paisaje comenzaba a mostrar un creciente verdor. Los diferentes grados de
humedad y el factor de la llamada vaguada de la costa, con sus neblinas
matutinas, le imprimen a esos territorios costeros una belleza
impresionante, a la que nos resultó muy difícil sustraernos.
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La observación del paisaje y de todos los elementos del entorno circundante
se nos volvió un tema esencial, o una especie de leit motiv, en el
transcurso de este viaje, lo que nos obligó, en algún momento, a escarbar en
los recodos de nuestra memoria de lo vivido en el viejo Chile, una acción
que tuvo como resultado el darnos cuenta, no sin asombro, del hecho de que,
durante aquellos mil días del gobierno de la Unidad Popular, cuando
visitábamos, por primera vez, estos lugares, a comienzos de la década del
setenta, el paisaje no ocupaba, en modo alguno, un lugar central en nuestras
percepciones. Para nosotros, sólo parecían existir el fragor y las
resonancias de aquel dramático enfrentamiento de fuerzas políticas y
sociales, el que por cierto terminó, de manera trágica y dolorosa, para los
sectores populares, encabezados por una combativa clase obrera y campesina,
con sus poderosas organizaciones de base y partidos. La naturaleza árida,
tanto de los territorios de la zona central, como los de los llamados Norte
Chico y Norte Grande, asiento de las viejas industrias salitreras, lo mismo
que la intensa humedad prevaleciente en las zonas sur y austral se daba por
sentada, pero no lograba llamarnos la atención de una manera tan intensa y
abrumadora, como nos sucedió, a raíz de este viaje por la costa próxima a
Valparaíso, volviendo desde una historia y una geografía bastante lejanas.
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Recorrer la ruta entre Quintero y Quillota, durante las primeras horas de la
mañana, durante estos días finales de marzo y principios de abril, con un
otoño que aun no termina de desplegarse y el clima retiene todavía muchos
elementos veraniegos, puede resultar una experiencia muy agradable, por
diversos motivos, pero sobre todo por las leves ondulaciones del terreno,
producidas por algunas colinas, a través de las que el camino va
serpenteando, lo que permite, a su vez deleitarse en la contemplación de las
chacras de los agricultores, o las áreas destinadas al cuido del ganado
ovino. Las cercas adornadas con toda clase de árboles y arbustos, tales como
el sauce llorón y la encina completan la belleza de un paisaje, cuyas
tonalidades se van modificando a medida que el día avanza y los tonos
blancos o grises que introduce la vaguada costera terminan por desaparecer.
Así la vida transcurre tranquila y si se quiere, un tanto bucólica en estas
pequeñas localidades.
Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (207).
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al martes 21 de abril de 2009.
CHILE: UN VIAJE POR LA MEMORIA HISTÓRICA RECIENTE (I).
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La acción de reencontrarse, después de casi treinta y seis años de ausencia,
con los perfiles y el colorido de las calles, parques, caletas de pescadores
y otras edificaciones comerciales del puerto de Valparaíso o con los de las
avenidas, plazas y alamedas, rodeadas por los enormes, pero no desmesurados,
edificios que conforman las variadas y antiguas expresiones arquitectónicas
del centro histórico de Santiago, la vieja capital chilena, con toda su
abrumadora carga histórica, no exenta de una cierta emotividad, al menos
para el viajero que vuelve desde una geografía y un tiempo ya muy lejanos,
se constituye en una ruda, pero también gratificante experiencia, para quien
la vive y la siente, desde el interior de sus recuerdos de juventud, los que
acuden a su mente, de forma abrumadora y en oleadas sucesivas. Esta, y
ninguna otra, ha sido la significación más profunda que asumió nuestra
reciente visita a Chile, al cabo de varias décadas de obligada y dolorosa
separación, dentro lo que se constituyó, de manera inevitable, en un viaje
plagado de recuerdos y de búsquedas, de todo tipo, como el que acabamos de realizar, junto con nuestra hija, Ximena, nacida en la capital chilena.
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Esta vivencia, a la manera de un largo viaje interior, paralelo al viaje
físico propiamente tal, deviene en algo más que un mero desplazamiento
físico, a través de los miles de kilómetros con los que la geografía separó
al viajero de aquellos sitios, convertidos ahora en el escenario del
reencuentro con los recuerdos de un pasado, a ratos compartido con algunos de sus semejantes, y en la gran mayoría de los casos, en un ejercicio memorístico de la mera subjetividad, dentro del que la emotividad y el sentimiento asumen –por así decirlo- una fuerza arrolladora. Es por ello que resulta muy difícil para muchos amigos, e incluso familiares cercanos, que se enteran de la realización del viaje, cuál es la significación que ese
desplazamiento por la geografía, pero también por el tiempo, asume para
quien (o quienes) lo realizan, en un período determinado. Es decir que, en
medio del consumismo y la comercialización de todas las actividades humanas, propia del llamado mundo de la cultura postmoderna, el viajar no puede ser otra cosa que un inevitable destino turístico, dentro del cuál no existen las posibles e inevitables vinculaciones históricas o emocionales del
viajero con las personas y el entorno revisitados, al cabo de varias décadas
de una prolongada e inevitable ausencia.
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A lo largo de dos semanas de viaje, las que terminamos percibir como el
transcurrir de un período de tiempo mucho más prolongado, los sentimientos descritos en los párrafos anteriores, dominaron nuestro espíritu. Todo esto nos aconteció, y continuó sucediéndonos, de manera reiterada, mientras viajábamos por algunos parajes de la costa, en la región central de Chile y por las comunas capitalinas de Puente Alto, La Florida, Ñuñoa, Providencia, Las Condes y la propia comuna central de Santiago que fue el núcleo originario de la inmensa urbe, a la que hoy se le conoce también bajo la misma denominación. La concreción de nuestro viaje, no sólo buscaba interrogarnos, de cierta manera, a partir de los parajes y a las
edificaciones sobre la verosimilitud de los hechos, allí escenificados en
otro tiempo, sino también corroborar si nuestros recuerdos coincidían con
los de otras personas, contemporáneas nuestras y si tenían el mismo valor y
significación que para nosotros.
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La inaudita violencia de los hechos políticos y militares, de hace más de
tres décadas, en aquel lejano país, donde vivimos una parte importante de
nuestra juventud, terminó por separarnos de muchos amigos y familiares
cercanos de mi esposa chilena (fallecida el año anterior), de manera
abrupta, sin posibilidad alguna (o casi ninguna) de revertir ese proceso, lo
mismo que sus consecuencias más temibles y por lo tanto, el surgimiento de
la imperiosa necesidad de recurrir al ejercicio de la memoria a la
distancia, había prevalecido, a la hora de interpretar nuestras percepciones
de lo ocurrido en Chile entonces y a lo largo de los años posteriores. La
separación espacial que se nos impuso, desde aquellos lejanos días,
implicaba también, de manera inevitable, la pérdida de buena parte de la
memoria compartida, en un pasado y incluso en algunas eras que ahora nos
parecen bastante lejanas, aun y cuando hayan sido entrañables para nosotros, quedando por lo general reducidas a los contenidos de una gigantesca montaña de textos históricos o a una serie de documentales fílmicos, sujetos a las más diversas interpretaciones.